Tú siempre en el mar, en el mar.
Sólo los duros bloques
de piedra de los muelles
donde se acarician los barcos,
donde se asientan las gigantes grúas.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

El pico del Everest apenas tiene secretos por difícil que sea de alcanzar. Sabemos de sus rocas, de sus hielos, sus glaciares. Quizás en las laderas, alguna Edelweiss. No hay animales. Ni el Yeti. ¡Quién resiste tanto frío y tanta altura!

En cambio... ¡el mar...! Nadie ha recorrido todas sus simas, más profundas aún que el alto Himalaya.
¿Qué monstruos marinos habitan estas temibles hondonadas, con el Océano sostenido en sus lomos? Conocemos sólo unos pocos; y algunos de ellos fabrican y emiten luz para que sus ojos puedan ver en esas negruras a las que no alcanza el sol. ¡Sí; qué misterio es el mar! Ya lo decían los antiguos y Ulises sabía de ello. La Atlántida y su cantor Verdaguer, también.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

El mar azul con espumas blancas, bajo un cielo azul... Esta es la imagen maravillosa que sentimos cuando, nostálgicos, queremos soñar con el mar. Invita a la evasión; a gozar de una belleza decantada, casi abstracta. Lugar misterioso de mitologías poéticas. Incitador a la aventura; a desear las otras orillas desconocidas mucho más allá de todo horizonte. Nos parece que el mar debe ser un lugar privilegiado para lograr la anhelada lejanía de la tierra y sus tumultos; y hallar mejor, en cambio, la cercanía de las personas que comparten una ruta, una vocación, un destino.

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Águeda:

su figura, su sonrisa, su alegría

son... como una buganvilla más

de estos jardines de la Punta.

Todas las demás flores al llegar el mes de julio

se preguntan en familia

¿cómo este verano aún no ha llegado

la primavera de Extremadura?

Pero al fin, Águeda, ya está aquí.

Vino como siempre a la sombra de Juan.

Y este Agosto florece

el preparador del Ágape de la Caridad

con ya treinta años de matrimonio

que las buganvillas, cuanto más añosas,

más jóvenes y más coloreadas guirnaldas extienden

para cubrir los blancos muros de la vida.

¿Qué sería de esta Ermita de San José y Santa Rita

sin su más preciada buganvilla?

Sus hijos y todos le deseamos

–camino de sus bodas de oro–

que cada verano llene

de sol y lila, bandera de acogida,

nuestra convivencia

eremítica

junto a este mar tan azul

que le va devolviendo con sus olas

sonrisa por sonrisa.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

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