Alfredo Rubio de Castarlenas

Todo el mundo sabe qué es la libertad individual. La persona humana es libre e inteligente. A muchos que están muy impuestos en su dignidad de persona y, por ello, defienden con fuerza su libertad, les parece, a veces, que cualquier acto de obediencia va en contra de su libertad y de su dignidad.

Y, sin embargo, vemos que esto no puede ser así siempre. El feroz individualismo lleva al despedazamiento, no sólo de toda posible sociedad, sino también de los propios individuos que irán cayendo víctimas unos de otros. Claro está que muchas, muchísimas veces, lo que se entiende por obediencia, no es más que un abuso de poder, sojuzgando a las personas y ultrajando su libertad. Se cae fácilmente en esos dos extremos, el individualismo feroz o el sojuzgamiento obediente antihumano, precisamente porque no se cae en la cuenta de la
existencia de «la libertad social».

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Libertad, libertad

te he buscado sin aliento

y no encontrándote, lamento

la pena de haber vivido siendo

veleta sin horizonte, sin cielo.

 

Libertad, libertad

buscándote he perdido el tiempo

me he desgastado y me he impuesto

cadenas, grilletes, losas... y todo

para acabar más exhausto, más muerto.

 

Libertad, libertad

en mi ceguera no he visto

que dentro de mí te hallabas

libre como el viento,

tan libre como te soñaba.

 

Déjame pues que te cante

que cantándote reflejo

el sentimiento que llevo dentro

y para los demás expreso

gratitud sin recelo

amor,... que sólo amando, libertad,

verte puedo.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

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volunteers 4955973 1920El verbo más utilizado en estos días de confinamiento es cuidar. Todas y todos estamos en actitud de cuidar, de la manera que podemos y con los recursos que contamos. No es lo mismo cuidarse en países “desarrollados” que en los más marcados por la desigualdad donde, de por sí, cada día hay que luchar para sobrevivir y otros virus desde hace sexenios lo enferman todo. Lo más significativo es que este cuidar lo estamos conjugando en plural, necesariamente y sinceramente. Si yo me cuido, cuido a las personas que están a mi alrededor y la onda se hace expansiva. Si yo me descuido, los efectos de este descuido también se propagan. Siempre he pensado que muchas películas, sobretodo alarmistas y futuristas, son instrumento de manipulación, en el sentido de que van preparando o pre-programando a la sociedad para futuros catastrofistas. En estas películas la humanidad está en peligro y la supervivencia es una lucha armada.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Unos amigos me llevaron a visitar unas grandes bodegas de vino, muy famosas, en Móra d’Ebre.

El propietario, un gran hombre de empresa, catalán, que representa hoy la cuarta generación de una familia de ilusionados viticultores, nos las mostró gentil y exhaustivamente. Y también generosamente, pues el vino de honor que nos ofreció fue de lo más suculento y exquisito, tanto en lo sólido como en los distintos caldos de la casa.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Las personas mayores –que ya han alcanzado la jubilación pero que se mantienen aún lúcidas– son conscientes de que han visto casi todo, lo han vivido y acumulado experiencias de toda índole: han amado –y también a veces odiado–; que han practicado el abanico de virtudes –y sus sombras, los vicios–; que han llegado a una cota de su vida de decantada sabiduría. ¡Ahora, gracias a todo ello, es cuando están más aptos para vivir y actuar en este mundo e incluso poder orientar y ayudar a los demás!

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Un gran hombre tenía un hijo. No había escatimado ningún esfuerzo para que se pareciese a él. Este gran hombre, anhelaba tener nietos y deseaba que su hijo se casara con una mujer que conocían, de gran belleza, muy inteligente, sana, con exquisita educación y hasta muy elegante.

¡Qué nietos tan maravillosos podrían tener de este posible matrimonio!

Pero su hijo se dejó enamorar por una «mujer de la vida» y determinó casarse con ella.

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Cuando hablamos de nuestra libertad, estamos aterrizando un concepto teórico, en un marco personal, que responde frente a impactos concretos de la realidad individual. Por eso salir del marco teórico, y aterrizar en la condición humana particular, es un ejercicio de interpelación personal, que deberíamos ejercitar de vez en cuando.

Aterrizar la experiencia de cada uno de nosotros en el ejercicio de la libertad, es cuestionarnos cómo vivimos y experimentamos nuestra realidad, y cómo somos capaces de interrelacionarnos con nuestro entorno. Por lo tanto, en este mapa no existen esquemas flexibles o inflexibles, sino el aprendizaje de lo que somos y cómo somos capaces de expresarnos.

En las distintas definiciones de lo que es el ser humano, aparte de encontrar una gran variedad, podemos detectar que todas ellas tienen algunos elementos en común, como es la capacidad de pensar, amar, reflexionar, crear, interactuar…… todas ellas expresadas en modo verbal. El verbo es el motor dinamizador de toda frase construida. En este actuar, que expresa el verbo, es necesario una decisión previa y consciente, y esto, es lo que nos diferencia del resto de seres vivos.

Cuando hablamos de libertad asumimos nuestra condición humana, nuestro ser limitado y contingente, ya que tiene un inicio y un final. El misterio está en saber cuándo sobrevendrá este final. Sin el ejercicio de asumir nuestra finitud, estamos eliminando una parte esencial de nuestra libertad. No podemos entender nuestra libertad como algo absoluto, seguramente ninguno de los valores de la condición humana puede ser un absoluto, sin límites ni condiciones.

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Nuestra libertad nos da la capacidad de hacer posible realidades personales que son fruto de las decisiones tomadas. Por tanto, también capacidad de hacer y actuar.

Un aspecto relevante en el ejercicio de nuestra libertad, es la conciencia de que somos seres sociales. Vivimos rodeados de otras personas. Nuestro ejercicio de la libertad afecta e implica a otros seres. Con éstos tenemos distintos niveles relacionales y vínculos personales. De hecho la capacidad de relacionarnos con los demás, esta instrumentalizada a través de nuestra capacidad de amar al prójimo. Iremos dibujando el mapa de nuestras relaciones, con el despliegue de nuestra libertad.

Podríamos definirla como la capacidad que tenemos para decidir -asumiendo nuestra condición humana- y relacionándonos con otros. Dicho de otra forma, la capacidad de decidir asumiendo la realidad personal y amando.

La libertad está vinculada con nuestra capacidad de amar, y se desarrolla en tres círculos concéntricos: el primero con uno mismo, el segundo con todas aquellas personas que están cercanas a nosotros, y por el último con el mundo que nos rodea. Deberíamos recuperar una cierta afección de la libertad. Podríamos denominarla libertad ecológica, que debería reconciliarnos con nuestro mundo.

Mi capacidad de construir relaciones, desde la libertad, pasa por encontrar aquello que es común con el otro o con el entorno. En este aspecto, el existir es común a todos, independientemente de población, castas, estructuras sociales o cualquier otro parámetro que utilicemos en la agrupación de las personas. Todos tenemos la misma dignidad en el existir de cada ser. Tomar conciencia de nuestra hermandad existencial, nos hace iguales a todos nuestros coetáneos. Esto ha de llevarnos al ejercicio de nuestra libertad como la búsqueda del bien común.

Ignasi Batlle 
Publicado en la Revista RE

 

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Se dice que algunas personas mayores conservan resentimientos o rencores que bien les hacen sufrir. Este poema, tan hermoso y tan cristiano, es una guía para todos en esta tarea, tan noble y ennoblecedora que Cristo nos encomienda: «amad a los que os persiguen».


Perdonar es firmar
con sangre un cheque en blanco
y dejarlo sin trabas
encima de la mesa
al descansado alcance
de quien, habiéndose arrepentido,
anhele regresar ¡y venga!
a la mansión amiga.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Señor Director:
Estamos viviendo en un mundo en que la convivencia se hace cada vez más difícil. La explicación es fácil: cada pueblo tiene un «Código de Justicia» que hunde sus raíces en el origen de los mismos. Eso hace que en el mundo los sistemas jurídicos sean tan distintos de unas etnias a otras. Están tan diversamente enfocados en cada tipo de cultura. No nos queda más remedio que aceptar este hecho.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Dar cuerda al reloj, durante gran parte de mi existencia, ha sido un acto más de la peripecia vital cotidiana, como desayunar, vestirse, o tocar el timbre al ir a visitar a mis amigos.

Era un acto mecánico casi de mí mismo, el girar la manecilla del reloj de pulsera o, con aquella especie de llave chata de hueco cuadrado, almacenarle tiempo al reloj de pared de sonoras y solemnes campanadas.

Ya había pasado la época de los altos relojes de cajas muy bellas de los bisabuelos, que funcionaban a base de pesas. Estaban por los rincones –elegantes piezas de museo pero ya de herrumbrosa maquinaria– señalando siempre la misma hora, misteriosa por ser ya muy lejano el instante en que dejaron de funcionar.

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