Alfredo Rubio de Castarlenas

Basta leer cualquier periódico, escuchar cualquier telediario, para saber que la situación del mundo sigue siendo altamente preocupante: la explosiva deuda externa de los países cada vez más pobres y desesperados, el hambre y la sed de ingentes multitudes. En México, gran país por otra parte, hoy tan desballestado, hay veintiocho millones de personas sin agua potable. Guerras que no acaban, y cruelísimas, que obligan incluso a los adolescentes a morir en las trincheras; revoluciones endémicas que no solucionan nada sino que empeoran todo. Un nuevo tipo de guerra se extiende por el mundo: el terrorismo. E inesperados atentados al orden público por doquier.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

He estado en China. He regresado hace poco. En la China Continental. Pekín (Beijing), Xi´an, la ciudad de la paz permanente, la de los 6000 guerreros de terracota de tamaño normal, todos de diferentes caras, puestos en pie siglos antes de Cristo y que los arqueólogos han puesto al descubierto sin que ello enturbie esa paz de hoy.

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Leticia Soberón Mainero

2017 02 febrer

Hace ya tiempo que empieza a preocupar la invasividad de los móviles “inteligentes” en la vida cotidiana y presencial de las personas, familias, empresas, grupos. Por supuesto es muy visible en niños y jóvenes. Pero incluso los mayores pasamos la vida mirando esa pantalla pequeña que, como una bola de cristal, puede vehicularnos mensajes de todos los tipos y grados de importancia. Mensajes que deseamos o tememos, que nos alegran o estimulan, y muchísimos que no nos importan en absoluto. Al final del día hemos pasado varias horas mirando esa pequeña pantalla, saltando de un tema a otro y terminamos embotados y agotados. ¡Con frecuencia sin habernos comunicado bien con las personas que tenemos más cerca!

Esto le está sucediendo a los millones de personas que conforman la sociedad actual.

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La ruptura de dos relaciones esenciales coloca en el presente a la humanidad al borde de su extinción. Una es el quiebre permanente del vínculo de afecto y respeto que nos merecemos unos con otros por ser hermanos en la existencia. La otra es la guerra que en todo el mundo llevamos en contra de la naturaleza que nos sostiene y de la cual somos resultado años en la existencia. 

La violencia, que es la suspensión de la paz por la ambición de poder, transforma a los seres humanos, las plantas, los animales, las fuentes de agua y los minerales en objetos de dominio para el lucro de minorías a escala local y global. El ansia de poder de unos pocos agota en sus egos la identidad de todos los entes del planeta y los convierte en recursos para su disfrute y la dilatación de su voluntad más allá de lo justo y sensato.

Cuando el ser humano descubrió hace una decena de miles de años la agricultura y la ganadería, superó la etapa de escasez cotidiana a que era sometido por la recolección y la caza. Pudo, así, sobrevivir y articular sociedades de centenares y miles de individuos con capacidad de planificar su alimentación y ganar tiempo libre para producir bienes que enriquecieron su vida material y dedicar su curiosidad para la reflexión y el diálogo. Ese proceso marcó el momento del salto cultural de los grupos humanos en todo el planeta.

Con la interacción de grupos cada vez más numerosos y con recursos cada vez más abundantes surgió, de diversas formas, lo que conocemos como el Estado. Este aparato político no se articuló en base a un contrato social como imaginaron muchos pensadores europeos de los siglos XVII al XIX, sino en función de la violencia. Minorías se impusieron sobre las mayorías mediante la represión física y el control de la libertad y la alimentación de las poblaciones. Las civilizaciones antiguas son una colección abominable de las muchas maneras en que pueblos completos fueron esclavizados y fueron obligados a construir templos y tumbas para la exaltación de reducidos grupos de beneficiarios de su trabajo y encumbrados como líderes divinos. Desde entonces, han habido rebeliones y resistencia de los oprimidos que han provocado matanzas hasta el presente.

A partir del siglo XVIII, el ideal de una sociedad donde la producción y distribución de los bienes se desarrollara en libertad y el poder político fuera validado por la población comenzó a concretizarse en muchas sociedades y ha marcado el rumbo de la historia de los dos últimos siglos. Mercado y Democracia, con sus múltiples variantes, han pasado a ser las utopías que las mayorías, y con ellas los liderazgos políticos y empresariales, intentan edificar para el logro de la prosperidad generalizada, el respeto de la dignidad humana y la paz. Que con esos medios se logren esos objetivos todavía es una cuestión por dilucidar, pero en el presente no se vislumbran otras opciones tan populares.

El Mercado y la Democracia fueron proyectos gestados por el capitalismo como sistema económico que tiene su fundamento en la codicia y el supuesto de que la distribución de la riqueza es más eficiente mientras menos controles existan en la interacción entre productores y consumidores. Un mito que no ha logrado históricamente realizarse y que carga en su accionar muchas injusticias y el dominio de quienes tienen más riqueza en el control de los Estados y las sociedades. Con el agravante de que el ansia de producir para el enriquecimiento ha desarticulado gravemente el ecosistema del planeta y amenaza de manera inminente la destrucción de las condiciones para que los seres humanos podamos sobrevivir. 

Con sistemas democráticos subordinados a las plutocracias y modelos de producción y consumo articulados en función de la ganancia económica, no es posible preservar el ecosistema del planeta, ni el desarrollo pleno de todos los seres humanos. La falsa libertad que comunica el consumo de bienes y los nuevos medios de comunicación en base a Internet es una suerte de droga que nos aliena en la cotidianidad, sobre todo en las sociedades más desarrolladas. La otra cara de la moneda son los miles de millones de seres humanos que son expulsados de sus lugares de origen por el hambre y la guerra, y que no encuentran acogida en los espacios más prósperos del planeta.

Los temores que albergamos de que la vida humana sea aniquilada por catástrofes cósmicas o la transformación de gran parte de la población en zombis –como nos inculca Hollywood–, es una ilusión que oculta las verdaderas causas de nuestro riesgo de desaparecer como especie. Si no logramos que nuestros modelos políticos se fundamenten en la voluntad lúcida de los pueblos y la humanidad, y que la producción de bienes no se fundamente en el lucro de los productores, sino en el consumo responsable con el cuidado de la naturaleza y el pago justo a los que generan los bienes, no lograremos mantener la existencia humana en nuestro planeta.

Para lograr sobrevivir en paz con nuestros semejantes y la naturaleza necesitamos, creativamente, organizar nuestra vida política y la actividad productiva con nuevos modelos basados en la justicia y el conocimiento científico. Se impone superar la codicia como motor de nuestro desarrollo.

David Álvarez Martín

Publicado en la Revista RE

 

 

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