A Miguel Ángel García Fernández

excelente pintor que hace aflorar
y hace recibir.

En los retratos vas, de vez en vez,
más allá de cualquier ropaje vano
que no hay nada más grande en cuanto humano,
que aun vestido, quedar en desnudez.

El propio retratado se es juez
al no sentir ya nada en el arcano
que el pensamiento se le ve en la mano
y el corazón se le subió a la tez.

En la página blanca de la tela
crea sonoridades tu pincel
y al que pues posa ante ti lo haces canción

del gozo de existir como una estela
que desde el cuadro entrara por su piel.
¡Salvar a los que pintas es tu don!

Alfredo Rubio de Castarlenas

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A Antonio Calimeri, buen amigo,
es gozo, sabes bien, volver a verte.
¡Y en Phelps! (aunque la nieve nos alerte)
en vez de España cuando luzca el trigo.

Siempre seguro fue viajar contigo.
Pero en esta andadura sin moverte
que ahora emprendes camino de la muerte
con tanta vida, aún mejor te sigo.

Que al hallar esa Casa, amplia y sola,
–como encuentra la arena cada ola–
unes bien tu entusiasmo con tu calma.

Y así has logrado la alta maravilla
de conocer a fondo, milla a milla,
el Free way hacia Dios, quieta tu alma.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Publicado en Poesía

AmorEl itinerario del cristiano es un itinerario que va de la alegría al gozo. Parte de la alegría de saber que el Verbo se ha hecho carne de nuestra carne, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo, nos ha redimido, para llegar al gozo de encontrar a Cristo y vivir configurados con él, ¡Cristo es nuestra fiesta! Pero entre el anuncio de la buena nueva de la redención de Cristo –la alegría– y el vivir resucitados en él –el gozo– hay un calvario también para nosotros: morir a uno mismo. El abandono total en manos de Dios.

La meta última de la madurez cristiana es dejar de seguir a Cristo para convertirnos en otros cristos en la tierra. Y esto también incluye la resurrección. Porque la resurrección no es sólo algo que puede acontecer con nuestra muerte física, sino que también es un modo de vivir nuestra vida mortal, plenos de la gracia de Dios, «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo» (Rom 6,11). Como otros cristos, nos presentamos a los demás en las diversas relaciones de la comunidad cristiana. Cuando esto se da, vivimos ya el reino que Cristo vino a instaurar, vivimos en fiesta.

Para el cristiano que ha recorrido este itinerario de morir y resucitar con Cristo, su mapa, su carta de navegación son los que Cristo da una vez resucitado. De ahí que la Andadura Pascual (*1) es donde mejor encontramos el camino a seguir, el mapa para el obrar.

Hacer de nuestra vida una oblación por amor, es instalarse en el gozo de vivir resucitados en Cristo. Y esta es la estructura más interna de la fiesta, que queda condensada en la sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas.

La esencia de la fiesta es: ser-para-los-demás, como Cristo lo fue para la humanidad. Y todos y cada uno de los hombres estamos invitados a gozar la fiesta y la alegría de vivir en Dios. Pero en la espiritualidad y la praxis cristiana este ser-para-los-demás, se ha identificado casi exclusivamente con el rostro doliente de Jesús clavado en cruz, separándolo en no pocas ocasiones, del talante del Resucitado. Evangelizar la fiesta, el placer y la alegría en el mundo de hoy, no es menos importante que evangelizar el dolor. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo.

El fin último del cristiano no es la cruz, sino la resurrección, el gozo, la fiesta. La cruz es la prueba, pero no el fin. Que mataran a Jesús clavándolo en una cruz, no tiene nada de novedad. De hecho, en su época fueron muchos los que murieron así. Y a lo largo de la historia, muchos otros han muerto de manera más cruel y con más sufrimiento. Cuántos mártires hubo y sigue habiendo que dan su vida por ideales muy dignos y legítimos.

El centro de gravedad del mensaje de Cristo, no está en su muer­te –que es una prueba de la autenticidad de lo que decía– sino en lo que decía e hizo. Lo específico –si pudiera resumirse de algún modo– es el “ágape de caridad”, que tan bien está reflejado en el relato joánico de la última cena.

La mejor manera de mejorar el mundo es amar como Dios nos ama». Cuando esto pasa del yo –que amo– al nosotros –que nos amamos–, ¡es fiesta! Esta es la evangelización por excelencia, la acción más eficaz, y el espectáculo más atrayente y redentor que podemos dar los cristianos al mundo «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos» (Jn 13,35).

(*1) RUBIO, Alfredo. Andadura Pascual. Camino de Alegría. Barcelona: Edimurtra, 1990.

El Pliego, núm. 97, 2017

 

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(Silva con rumor en “a”... o mejor en “az”.)

 

PAZ

 

¡Breve palabra fácil de decir!

Hasta un niño pequeño

puede balbucearla

como un ensayo

para decir papá!

 

¡Sí! muy breve palabra

sencilla de decir

pero evidentemente

imposible de hacerla un hecho

¡nunca en ningún sitio la hay!

Tan sólo falsas apariencias

o ilusiones que imaginamos

o deseos que uno

en vano se fabrica.

 

¡Paz, Paz!

 

El Cielo, ante todo,

por fuerza,

debe [de] ser eso.

Luego vendrán en él

el Gozo y la Presencia,

la flor inmarcesible

de la total Felicidad.

 

Pero su Ámbito

–de cuatro o infinitas dimensiones–

será la paz sin duda alguna.

No puede, no, ser otra cosa

ya que es la entraña y la raíz

de lo que el hombre busca

sin encontrar aquí jamás.

(A veces, por unos momentos

uno cree casi ya rozarla).

 

Ser, al menos, como un espejo limpio

que la refleja exactamente.

Como un lago tranquilo, nocturnal,

que aprisiona en su fondo la alta Luna.

 

Son momentos, acaso días,

que llenan de alegría y esperanza.

Por ejemplo esas horas

de Andorra y con amigos,

Horas que pasan sin pasar

porque se quedan dentro

como un riachuelo de montaña

que, cristalino,

irisado, gozoso,

vivificante,

murmura al transcurrir entre las piedras:

Paz... paz...

paz... paz...

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

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Em fa esgarrifança

la sorpresa que tinc.

Fa uns anys jo no existia

i ara tu ets amb mi.

 

Si! quina meravella

sentir-te ben a prop

poguer veure’t i oir-te

tu, que no eres tampoc.

 

Ara som, si! ho se

mes m’esglaia pensar

que era també possible

no haver sigut mai nats?

 

Els pares existien

però nosaltres no

ara no se per que

som tot just, tu i jo.

 

Quina joia existir

quin goig esser jo i tu

de que el mon sigui torxa

que frueixi nostra llum.

 

Tot sem torna la fosca

quan arribo a pensar:

“els nostres peus podien

no haver-se pas creuat”.

 

Sento una mà amagada

que ens empeny tu vers mi

a mi vers tu per sempre

¡amistat sense neguit! (o amb amor sense neguit)

 

Quina esclat sentiu d’ésser

en mig del mon ¡estels!

sent tu i jo luminàries.

Ser naltros i els demés.

 

Cantem, plegats a tots

la joia d’existir.

Ben val viure la vida

per ser com som ¡amics!

 

Alfred Rubio de Castarlenas

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