Alfredo Rubio de Castarlenas

Era una anciana que pedía limosna. Aunque hiciera calor, ella sentía frío. Empezaba el otoño y sabía, por experiencia, cuánto se le agarrotarían las manos en el invierno. Casi nos las podría mover.

Había visto y revisto en el escaparate de una tienda guantes de lana, gordos, de diversos colores. Un día, venció sus reparos y se atrevió a entrar en ella, a pesar de su vestimenta vieja, un tanto andrajosa y suponía que maloliente, aunque ella no lo percibiera.

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