Alfredo Rubio de Castarlenas

He estado hace pocos días en Almería, la del Índalo (este símbolo bellamente esquemático de un hombre sosteniendo el Sol), en un Congreso que tenía por objeto tomar posiciones humanizantes frente a los nuevos horizontes del turismo. De entre los varios aspectos propuestos, unas ponencias trataban de la recién bautizada «civilización del ocio». Ocio que nos adviene por la reducción del trabajo debido a la robotización y a la informática. Ocio lleno de repercusiones en el modo, tiempos y frecuencias de este moderno fenómeno del turistear masivo.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Son muy conocidos ya los resultados de la llamada psicología de los colores. Cuánto influyen ellos, incluso de modo inconsciente, en nuestras formas de obrar, de sentir y hasta de pensar.

La compañía holandesa de aviación K. L. M. hace un tiempo notaba que en los mismo tipos de avión y vuelos que otras Compañías, y en las mismas condiciones atmosféricas, tenían un porcentaje mayor de pasajeros mareados que en las demás. Llamado, al fin, un psicólogo, éste vio que el color de la tapicería de sus aviones era amarillo; color, podríamos decir, bilioso... Les aconsejó que lo cambiaran por otros colores, verde pálido o crema. Le hicieron caso y desde aquel momento, se normalizaron los pasajeros.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Los animales que pueden cantar, ¡cantan! No hay ninguno que pudiéndolo hacer no lo haga algunas, muchas veces. Si pasa por algunos momentos de miedo, de sentirse perseguido, puede ser que calle no sólo por angustia sino incluso por defensa, para no delatarse. Pero eso son situaciones extraordinarias. En su ambiente, en su hábitat, encuentra muchos tiempos propicios para expandir su voz melodiosa, al menos, lo es para sus congéneres, y proclamar así su deseo de compañía, de amor o, simplemente, su gozo de existir o sus tristezas cotidianas.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Todos los que han pasado una guerra recuerdan con qué ansia deseaban la paz. Podía parecer, por ello, que guerra y paz eran cosas opuestas, y que la paz podía constituir el final de la guerra y a la vez un objetivo digno en sí mismo: ¿cómo no, si era tan anhelada? Hasta los mismos vencedores están, casi siempre, también cansados de la guerra. También desean su fin, acabar con tantos esfuerzos y propias sangrías; alcanzar, aún con una mediocre victoria, la misma paz.

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