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Alfredo Rubio de Castarlenas

Vi una escena harto escalofriante en una película. Del mundo sajón, por supuesto. Era una pandilla de motoristas encuerados (no desnudos, sino cubiertos de las negras pieles bien ceñidas de sus pantalones y chaquetones). Tenían un cierto aire de extraterrestres con sus grandes cascos encasquetados llenos de reflejos metálicos. Salían a correr, con sus motos, enfebrecidas carreras (¿será otra rara fiebre del sábado?) En una curva –a esas velocidades todas las curvas son peligrosas– uno de ellos perdió el control y saltó al vacío desde un alto acantilado. Los demás, de soslayo, vieron el «percance». Pero ni siquiera aminoraron la velocidad. Siguieron. ¿Para que iban a detenerse? Seguro que el estrellamiento contra las rocas del suelo, habría sido mortal. Y tenían prisa. Para llegar, aunque no fuera a ninguna parte concreta. Acaso sólo a cualquier sitio desde el que poder regresar. Y también cabría que se preguntaran: ¿por qué hay que volver? Y exactamente, ¿a dónde?

Es bien conocida la frase atribuida a santa Teresa cuando exhorta a sus monjas diciéndoles que tenían que hablar de Dios o no hablar. Deberíamos ahora, como entonces, volver sobre esta reflexión. ¿Sabemos ahora hablar de Dios?De ese Dios que no está ni arriba ni abajo, sino que está en y con nosotros y con nuestra historia humana. De ese Dios que no es ni masculino ni femenino, sino que es el misterio inefable de nuestra realidad, para el que todos nuestros conceptos humanos no son más que analogía. Ese Dios del que sólo se ha podido alcanzar a decir alguna palabra desde la experiencia profunda de su actuar entre nosotros: Padre y Madre a la vez; Él y Ella; Palabra encarnada; Aliento y Ánima que vivifica.

Pensamos, con frecuencia, que es difícil hablar de Dios en nuestro mundo tan frívolo, tan instalados en los valores de lo tangible.

Me atrevería a afirmar que también Dios es de alguna manera tangible, o por lo menos que, desde la fe, podemos dar testimonio de la cercanía absoluta de Dios, este modo de ser de nuestro Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos, como tan magistralmente expresó San Agustín. Creo que en nuestro mundo muchos NO han olvidado a Dios. Más que la muerte de Dios o el silencio de Dios, de lo que tanto hablaron algunos filósofos y de lo que tanto se comentó en el siglo pasado, lo que puede estar pasando es que muchos han dejado de prestar atención a las “noticias” sobre Dios. Y esto podría ser así porque las palabras, las cosas que se dicen sobre Él no iluminan la vida real. Lo que se dice sobre Dios, nuestras palabras sobre Dios, dejan de interesar a muchas personas, y eso es algo a lo que hay que prestar mucha atención.

Poverellos de Dios 1 749x1030Hablar de Dios o no hablar. Hay que acertar a hablar de Dios con palabras llenas de unción, pero profundamente entendedoras, que no tengan regusto a rancio. Hablar con palabras y hablar con la vida, con gestos llenos de compromiso humano, asumiendo al prójimo en sus necesidades reales, sobre todo respondiendo a las necesidades más urgentes, dejando que ellas duelan en nuestra propia carne. Eso es hablar bien de Dios que nos quiere hermanos, unidos en la fraternidad. Algunas veces hablaremos y alabaremos a Dios sin nombrarle para  nada, sólo con la presencia llena de servicio amoroso. Cuanto más amemos hacer el bien y más lo afirmemos,  como una ley que es el norte de nuestras vidas, tanto más irradiaremos a Dios en nosotros… Aunque, si los que decimos creer en Él no lo nombramos nunca, ¿quién lo hará?

Hay que tocar muy de pies al suelo cuando hablamos de Dios, aunque nos atrevamos al mismo tiempo a ser un poco o un mucho místicos. Pero una mística de ojos abiertos y completamente conectada a la vida. No podemos hacer angelismo, sino que hay que amar y acoger con ternura la realidad. Hay que atreverse, sin embargo, a pensar cosas nuevas sobre Dios, ese Dios inabarcable del que nunca llegaremos a saber sobre Él más de lo que Él mismo quiera mostrarnos. Los que decimos tener fe, vemos y experimentamos la gloria de Dios que es su presencia, su cercanía y su misericordia; es decir, experimentamos su forma de manifestarse en el mundo como su Espíritu, ese que está más cerca de nosotros que nosotros mismos,  que nos re-crea continuamente y nos posibilita ser proféticos.

Hablar bien de Dios, bendecir a Dios, alabar a Dios, para hacer venir su Reino, esa es la razón de nuestro existir, y hacer esto en un mundo, nuestro tan querido mundo, que está cambiando a una velocidad nunca vista anteriormente. Aún, ni tan solo conocemos el lenguaje para dar nombre a lo que de verdad está ocurriendo globalmente. Aún estamos empezando a formular el pensamiento adecuado a lo que está naciendo. Estamos todos en búsqueda, creyentes y no creyentes. Estamos en búsqueda pero no en la oscuridad, la nuestra es una búsqueda impregnada de la luz del Evangelio. Y desde ahí, necesitamos un pensamiento nuevo de verdad, que se atreva a ir más allá de lo que hasta ahora nos ha sostenido. 

Necesitamos conocer más sobre Dios, sobre nosotros mismos y sobre el mundo que habitamos, quizás también sobre otros mundos. Conocer sobre Dios es seguir buscándole y escuchándole en la revelación que también se halla escondida en los signos de los tiempos. Somos buscadores de Dios. El apóstol san Pablo en el areópago de Atenas habló de buscar, de sentir y de encontrar a Dios, que no está lejos de ninguno de nosotros y en quien vivimos, nos movemos y existimos. Estamos ahora llamados a una nueva libertad, y en la medida en que seamos libres llegaremos a tener palabras nuevas capaces de iluminar las realidades de esta vida con los valores del Reino. Estamos llamados, al lado de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a construir la humanidad que está surgiendo, aunque las palabras y los gestos que necesitamos aún se están gestando, poco a poco, hasta que lleguemos a darlos a luz, en un parto universal.

Hablar bien de Dios, bendecirlo, alabarlo, lleva implícito una gratitud profunda, quizás no expresada pero sí muy real, ante la obra de su creación que es el  más fiel “icono” de Dios. Dejar que el don de la belleza anide en nuestros corazones, nos transformará a nosotros también en “iconos” esparcidos por el mundo. Una mujer, mística de nuestro tiempo, afirmó que tenemos que “ayudar” a Dios. Es bien verdad. Tenemos que ayudar a Dios, ayudar a revelarlo, darlo a conocer. Siempre hemos pedido a Dios que nos ayude Él a nosotros. Parece  muy pretencioso, muy atrevido invertir la propuesta pero no lo es. Requiere mucha humildad hacer eso. Ayudar a Dios para que esté bien vivo en nosotros. Dejarse inundar por Él, hasta quedar llenos de Él y vacíos de nuestras pretensiones. Dejarse envolver, penetrar por la música de Dios por completo, hasta que suene desde dentro. Ayudarle también para que viva en los que aún están cerrados a su luz. Y este ayudar a Dios no puede ser otra cosa que la acogida más cálida, el amor incondicional, la amistad entregada y fiel, la responsabilidad y el “cuido”, también incondicionales, de unos a otros. Cuidar la vida, cuidar el hábitat, de manera que Dios que es amor creador sea dado a luz en cada uno de nosotros.  Ayudar a Dios hasta quedar grávidos de Dios. Esto es hablar bien de Dios, alabarlo, bendecirlo, en lo que Él es. 

Manuela Pedra 
Publicado en Nuestra Señora de la Paz y la Alegría

Alfredo Rubio de Castarlenas

Parece como si hoy, en la perplejidad de la recién estrenada postmodernidad, muchos hubieran tirado la “razón” a la cuneta, fiándose más de lo brumoso, esotérico, mágico o de astrologías. Ocurre así, incluso, en gobernantes conspicuos o yuppys que deciden hacer o no un negocio según aconseje su horóscopo, comprado en el kiosco de la esquina. Confusas sectas de todo tipo... El desborde de pasiones y sensibilidades... Y la razón es, sin embargo, una joya preciosísima que hay que rescatar.

Alfredo Rubio de Castarlenas

El tratado de Roma, la creación del Mercado Común, el Parlamento Europeo, como tres hitos del camino hacia una mayor integración política, son deseos, esperanzas y realizaciones progresivas de una nueva Europa, más justa, más solidaria, más pacifica y más feliz.

España se incorpora, con todas sus nacionalidades vivas, en el área de estas nuevas instituciones y, por ellas, a estos proyectos de una Europa renovada.

Alfredo Rubio de Castarlenas

La pobreza en nuestra posguerra, las repercusiones de la segunda guerra mundial y las emigraciones masivas a las ciudades que se industrializaban, obligó a construir precipitadamente, en ellas multitud de viviendas de espacio reducido, para dar alguna solución al aluvión de demandas.

Se juntó a este problema otro que no es fácil evitar: el espíritu de lucro desproporcionado de propietarios, constructores, productores de materiales, etc.

Alfredo Rubio de Castarlenas

En nuestras culturas tiene un significado distinto la reunión de estas dos palabras: hombre y grande, según que el adjetivo se ponga antes o después del sustantivo.

Decir «un gran hombre», «una gran mujer», expresa nuestra admiración hacia alguien por sus hechos o cualidades. Por el contrario, decir un hombre o una mujer grande es algo peyorativo, es señalar que este ser humano es anciano, está ya en el declive de sus facultades.

Otra cosa es cuando este adjetivo, aunque pospuesto a un nombre propio está sustantivado a su vez, cosa que ocurre con Reyes especialmente, por ejemplo: Catalina la Grande o Pedro el Grande. Aquí esta palabra adquiere aún un mayor sentido pleno de grandeza.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Cristo, Nuevo Adán, Padre de todos los redimidos, Cabeza de todo el Cuerpo Místico, es el Esposo de la Iglesia.

De esta Iglesia que nace de su Costado, cuando está adormecido por la muerte en la Cruz.

Y la Iglesia, por ser Esposa de Cristo, es Madre nuestra, de todos los fieles.

Este místico desposorio es causa, fuente y origen del Sacramento del Matrimonio; de que todo desposorio entre cristianos esté, precisamente, elevado al Orden sobrenatural. Es paradigma y ejemplo para toda familia cristiana.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Los Evangelios nos presentan un Jesús que permanece célibe, todo Él volcado a la predicación de la Buena Nueva de que Dios es Padre, nos ama, nos perdona y nos espera. Dedicado por entero a llamar a todos al Reino de Dios que Él viene a establecer ya en medio de este mundo, en medio y dentro de nosotros, como recibidor-antesala del Reino Eterno en los Cielos.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Tenían fama los aztecas, de pueblo guerrero que hacía frecuentes razzias a los pueblos vecinos, para tener prisioneros que ofrecer en holocausto a sus dioses en lo alto de sus pirámides.

Se sabe de guerras cruentas, sostenidas por los incas hasta establecer con férrea mano la paz de un imperio.

Se sabe, con mayor documentación, claro está, las también sangrientas guerras de ibéricos e indígenas, y la fortaleza de un orden para una nueva paz.

fot va14Siempre oí decir a Alfredo Rubio, inspirador de esta revista, que se necesitan ¡20 años! para que una amistad esté consolidada. Es decir, todo un itinerario con diversas etapas progresivas de entrega, confianza sin reservas, compartir todo, ser uno…

Las cosas, las personas, las realidades humanas, no son estáticas: son como son, más lo que pueden llegar a ser. El hombre, en palabras de Zubiri, es una «esencia abierta» y esto se refiere tanto a lo que ahora puede él ser como a lo que él, con el tiempo, puede llegar a ser. Muchos problemas de la amistad proceden de no tener en cuenta esa capacidad de mejorar, de madurar. Fácilmente hacemos clichés de las personas, las encasillamos en la idea fija que adoptamos de esa persona, cuando la conocimos. No nos permitimos ver la realidad tal cual se nos muestra… sobre todo cuando no coincide con la idea prefijada que tenemos en nuestra mente. Y eso, obviamente, mata la amistad o no deja que vaya ascendiendo hacia cotas de mayor plenitud. Encasillar al otro es maniatar y anular toda posible manifestación, expresión o gesto de amor y de amistad.

La amistad requiere firmar un cheque en blanco. Dar un «sí» desde el inicio. Darse al amigo y estar abierto a «su misterio». Es lo que podríamos denominar «apertura contemplativa al otro». A medida que esa amistad va madurando, se es más uno mismo. No hay que aparentar, ni mostrarse distinto a lo que se es. Ese «sí» previo es lo que posibilita sacarse las máscaras, pues uno se siente aceptado y querido tal como es. Y ese poder ser uno mismo, produce una honda vivencia de libertad y alegría. Los límites no son un impedimento para la verdadera amistad, al contrario, asumidos desde la humildad, pueden ser trampolín para crecer en una amistad más auténtica. Más que la búsqueda del perfeccionismo o el voluntarismo, puede ser mucho más fecunda una actitud de receptividad, de contemplación, de escucha y de espera.

El hombre, volviendo a Zubiri, se halla constitutivamente implantado «en» la realidad o en el ser y, por lo tanto, «religado» al fundamento de toda realidad y de todo ser. La amistad es progresiva en tanto cuanto volvemos a ese fundamento, a ese tomar conciencia de ser, de estar existiendo «en» la realidad, saborear la sorpresa de ese estar siendo pudiendo no haber sido. Es la «humildad óntica», a la cual se refería Rubio, junto con la libertad, la base para crecer como persona abierta a los otros. Es la tierra donde puede germinar y desarrollarse la amistad. Para ello, no solo para no olvidar ese fundamento sino para enraizarse en él, es necesario saber estar solo, como camino de maduración humana.  Estar uno consigo mismo para saber estar con otros. Beber de las fuentes donde se sustenta todo ser, para poder hacer donación de mi ser al amigo. Estar en silencio porque «solo a través de un silencio expresivo y efusivo puede el hombre dar de sí mismo a otro todo lo que de sí mismo puede dar» (Laín Entralgo). De otra manera no sabremos cómo avanzar en los diversos grados y modos que encierra la amistad.

Lourdes Flavià Forcada
Publicado en RE 67