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01 andadurapascualAlfredo Rubio de Castarlenas

En nuestro tiempo, la mayoría de los cristianos hemos sido bautizados de niños. Desde entonces, tenemos impreso en nosotros el carácter de ese Sacramento. Cierto. Pero es a lo largo de muchos años, que vamos tomando conciencia del mismo hasta llegar, libre y responsablemente, a asumirlo en plenitud. Recorremos en la vida, un largo catecumenado, hasta alcanzar la madurez en la Fe, en la Esperanza. Es decir, hasta que morimos al hombre viejo. Esta es la verdadera muerte. Luego, el fenecer físico, no lo será tanto porque ya antes nos hemos muerto aún más hondamente. Hemos expirado con Cristo en la Cruz para poder renacer con Él a la vida nueva ya en el Reino de los Cielos, aquí en la tierra. Reino de Amor, que dejó ya establecido en medio del mundo. Empezamos a recorrer un difícil proceso hasta alcanzar lo que significa precisamente el Sacramento del bautismo recibido: morir y resucitar auténticamente con Cristo.

Un camino duro, de grandes tentaciones, de mortificaciones, de perplejidades, de dudas, de acompañar sufriendo a Jesús sufriente, camino del Calvario. Seguirle en ese Vía Crucis para morir con Él junto a su Cruz. Pero no temamos. «Mi yugo es suave y mi carga ligera» nos dirá, porque Él es el que lleva la parte más pesada. Sólo somos cual cirineos.

El grueso de los Evangelios nos cuenta esa andadura. Desde que Juan le preguntó «¿Maestro, dónde moras?» hasta que el Discípulo Amado estuvo al lado de María a la sombra del Madero. Pero ahí, en el Calvario, no acaba todo. Más bien todo empieza. En aquel sábado terrible, cuando todos estaban envueltos en una fe oscurísima y desesperados, María era la única que tenía bien prendida la llama de la fe en su lámpara de Clara-esperanza. Esa llama, era la única luz que alumbraba al mundo hasta que llegó el esplendor de la Resurrección de Cristo. Y de la nuestra. Entonces, comienza una nueva andadura. Un Camino de Alegría, de encuentros con Jesús Resucitado que a la vez nos va resucitando a nosotros. Quedamos constituidos, por sus méritos salvíficos, Hijos de Dios. Y hemos de escucharlo de nuevo.

Todo lo que Él nos dirá en esas presencias gloriosas suyas. ¿Qué nos manda, qué debemos hacer en adelante para ser buenos ciudadanos de ese Reino de Dios en la Tierra? Escuchemos, bebamos con ansia, cada una de sus novísimas palabras para ponerlas en práctica. Asistidos y llenos del Espíritu Santo.

¡Sí; ya hemos muerto y resucitado! ¡Por fin el bautismo se ha hecho total realidad en nosotros!

Entremos en estas páginas y recorramos gozosos lo que ya muchos, desde Evely, llaman el «Camino de la Alegría». Meditemos las enseñanzas, las actitudes, la misión que Jesús Vivo, nos da en cada recodo.

Extracto del Libro «Andadura Pascual. Camino de la Alegria»

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Todos los que han pasado una guerra recuerdan con qué ansia deseaban la paz. Podía parecer, por ello, que guerra y paz eran cosas opuestas, y que la paz podía constituir el final de la guerra y a la vez un objetivo digno en sí mismo: ¿cómo no, si era tan anhelada? Hasta los mismos vencedores están, casi siempre, también cansados de la guerra. También desean su fin, acabar con tantos esfuerzos y propias sangrías; alcanzar, aún con una mediocre victoria, la misma paz.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Deseamos la libertad desde pequeños, aún antes de conocer esta palabra. ¿Quién no? Deseábamos ir a la escuela cuando quisiéramos. Jugar... o que no nos despertaran hasta despertarnos.

Luego, aprendimos esta palabra de tres sílabas que, por ser aguda en su sonido, es como rotunda. Tanto que la última sílaba de ella vale por dos si está al final de un verso. El contenido de la palabra nos resultaba, sin embargo, un poco abstracto y un mucho confuso. Demasiado metafísico a la vez que en exceso psicológico.

Alfredo Rubio de Castarlenas

La ontología es, propiamente, una parte de la llamada metafísica. La ontología – tratado del ser– es tan lícita como la matemática. Nuestra razón puede, ciertamente, abstraer aspectos de la realidad. De las matemáticas, por ejemplo, el número. Y estos conceptos podemos transformarlos aún en conceptos más generales, y hasta expresarlos por unas letras, elaborando así una ciencia algebraica: determinar las leyes de las ecuaciones, los logaritmos, los factoriales... Claro está que un matemático que fuera ciego de nacimiento, al aplicar luego las reglas generales de la suma, por ejemplo, a unas naranjas, podría decir: tres naranjas más dos naranjas, igual a cinco naranjas; pero no por ello sabría cómo es la naranja, la maravilla del color oro viejo que tiene esa fruta en medio del follaje del naranjo.

Alfredo Rubio de Castarlenas

¿Por qué me hice sacerdote? Ante todo, por la inmensa, desconcertante, gracia de Dios. Empecé mis estudios para el sacerdocio al borde de los treinta. ¿Hora tercia?

¿Cómo llegué a esta decisión?

Alfredo Rubio de Castarlenas

Es un esperar sabiendo que no es en vano este esperar lo que se anhela. ¿Y cómo sabremos que no es mera ilusión nuestra espera?

Si confiáramos que los seres humanos –¡tan limitados siempre!– fueran ellos mismos la garantia de aquello que nos prometen, entonces sí que se comprende que nuestra esperanza dudara, flaqueará o, a la postre muchas veces, tristemente se desvaneciera.

En cambio san Pablo nos dice rotundo: Sé de quién me fío. Del Señor Jesús.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Desde pequeños nos han enseñado esta palabra como algo sacrosanto, algo esencial para el hombre.

Filológicamente, trabajar quiere decir aplicarse en la ejecución de una cosa para conseguir algo. Ocuparse en un ejercicio o ministerio como función propia o como medio de ganarse la vida.

Al estudiar historia vemos que el concepto y las maneras de trabajar ha tenido una larga evolución y se a realizado de muchas maneras.