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Alfredo Rubio de Castarlenas

Yo soy un ciudadano que soné gozosamente la bocina del coche que conducía, sumándome a tantos otros en toda la ciudad de Barcelona, aquel histórico mediodía del 17 de octubre en que fue designada nuestra capital para ser sede, en el 92, de los Juegos Olímpicos.

El deporte en limpia competitividad y en pleno vigor de la juventud, de hombres y mujeres, es un luminoso signo de la aceptación sin maniqueísmos de la globalidad de la persona humana –cuerpo, inteligencia y libertad–. Y puede ser un cauce ubérrimo para el mutuo conocimiento de los pueblos del mundo y de un futuro de mayor paz y fiesta.

Alfredo Rubio de Castarlenas

¿Recordáis aquel cuadro de Manet, padre de los impresionistas franceses, representando una pareja de campesinos que detenida la faena del campo (él gorra en mano), recogidos en oración, lejos en el horizonte la silueta difuminada de un campanario sobresaliendo de unos amazacotados tejados pueblerinos que apenas se adivinan? El título de este lienzo es: «La hora del Ángelus». En aquel atardecer parece que sólo se oyen las campanas, que hasta el viento ha cesado para que no haya otro ruido sobre las mieses en siega.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Todo el mundo sabe qué es la libertad individual. La persona humana es libre e inteligente. A muchos que están muy impuestos en su dignidad de persona y, por ello, defienden con fuerza su libertad, les parece, a veces, que cualquier acto de obediencia va en contra de su libertad y de su dignidad.

Y, sin embargo, vemos que esto no puede ser así siempre. El feroz individualismo lleva al despedazamiento, no sólo de toda posible sociedad, sino también de los propios individuos que irán cayendo víctimas unos de otros. Claro está que muchas, muchísimas veces, lo que se entiende por obediencia, no es más que un abuso de poder, sojuzgando a las personas y ultrajando su libertad. Se cae fácilmente en esos dos extremos, el individualismo feroz o el sojuzgamiento obediente antihumano, precisamente porque no se cae en la cuenta de la
existencia de «la libertad social».

volunteers 4955973 1920El verbo más utilizado en estos días de confinamiento es cuidar. Todas y todos estamos en actitud de cuidar, de la manera que podemos y con los recursos que contamos. No es lo mismo cuidarse en países “desarrollados” que en los más marcados por la desigualdad donde, de por sí, cada día hay que luchar para sobrevivir y otros virus desde hace sexenios lo enferman todo. Lo más significativo es que este cuidar lo estamos conjugando en plural, necesariamente y sinceramente. Si yo me cuido, cuido a las personas que están a mi alrededor y la onda se hace expansiva. Si yo me descuido, los efectos de este descuido también se propagan. Siempre he pensado que muchas películas, sobretodo alarmistas y futuristas, son instrumento de manipulación, en el sentido de que van preparando o pre-programando a la sociedad para futuros catastrofistas. En estas películas la humanidad está en peligro y la supervivencia es una lucha armada.

Alfredo Rubio de Castarlenas

En los primeros capítulos de «II nome della rosa», de Humberto Eco, el protagonista, Guillermo de Baskerville, mantiene una interesante conversación con el monje vidriero de la abadía italiana que visitaba. Después de hablar de las sustancias antiguas para colorear el vidrio de los vitrales y de comentarios acerca de los espejuelos que Fray Guillermo usaba y custodiaba como un tesoro –o sea, aquellas incipientes gafas del siglo XIV–, cuenta a este sorprendido monje, Niccola da Marimondo, la noticia de otro sensacional invento: «Me han dicho que en Catay, un sabio ha mezclado un polvo que en contacto con el fuego, puede producir un gran estruendo y una gran llama, destruyendo todo lo que hay alrededor a muchas brazas de distancia»

corazon andanteEntramos en un nuevo año. Siempre, en estas fechas, nos felicitamos y nos deseamos lo mejor para el año que empieza. Abundan las expresiones como “que este año sea mejor que el anterior”, o “que sea un año lleno de bendiciones”… Más de uno, seguramente nos preguntamos que es lo qué deseamos o cómo soñamos que sean estos doce meses que como un abanico se irán desplegando.

Interiormente me surge el estar abierta a lo que la realidad me vaya presentando en el día a día y eso incluye, capacidad de contemplación y admiración. El papa Francisco hablaba recientemente del “saber detenernos en los lugares del asombro en la vida cotidiana”. Y uno de los lugares que señalaba era “el otro”. Ver al otro no como alguien ya archiconocido del cual no podemos esperar nada nuevo, sino como un ser único e irrepetible que siempre puede sorprendernos, del cual siempre podemos aprender algo… si estamos abiertos a contemplarlo con una mirada limpia de prejuicios.

Podríamos en este año hacer un itinerario o peregrinación por estos “lugares” del asombro. Empezar cada día con una actitud de receptividad y acogida a lo que la cotidianidad nos vaya ofreciendo. A veces nos ceñimos demasiado a los planes preconcebidos, a lo que la agenda marca, a los proyectos que hemos dibujado en nuestra mente, y cuando algo no previsto irrumpe en nuestra vida, nos cuesta demasiado flexibilizarnos y adaptarnos a esa circunstancia que no estaba considerada. En vez de verla como una injerencia no deseada en nuestros planes, podríamos verla como una oportunidad para crecer humanamente. Estar abierto a lo que la vida nos depara es aprendizaje de humildad, de no creernos una especie de semi-dioses que todo lo tienen controlado y nada puede quedar fuera de su supervisión o registro.

El asombro, la admiración, la contemplación de la realidad tal como se nos presenta es una buena actitud previa para poder afrontar con paz y alegría lo que tenga que venir. Saber integrar los imprevistos, las situaciones inesperadas, las contradicciones o, incluso, circunstancias dolorosas de enfermedad o muerte, son signo de una verdadera salud global.

Días atrás iba en el tren y se subieron al vagón, por distintas puertas, tres músicos. Dos de ellos iban juntos, tocaban juntos. El tercero, se notaba que no. Cada uno de ellos llevaba un instrumento distinto. Pensé que se iban a poner de acuerdo para tocar primero unos y después el otro o al revés. Pero no fue así. Se intercambiaron unas sonrisas, se juntaron, musitaron unas palabras… y empezó a sonar la música. Uno con el acordeón, otro con la guitarra y el tercero con el contrabajo, nos ofrecieron a los pasajeros un improvisado concierto… y no sólo eso. Yo diría que lo más hermoso fue el espectáculo que nos ofrecieron de integrar lo inesperado y ser capaces de crear una bella sinfonía de música y vida.

Lourdes Flavià Forcada

Publicado en Murtra Santa María del Silencio

Alfredo Rubio de Castarlenas

En efecto, como se dice ya en la portada, es ésta una de las más bellas urbanizaciones de la luminosa costa del Sur de España. Desde tierra, casi no se ve. Sus casas, grandes, apaisadas, blancas, mediterráneas, están inmersas en los jardines. Desde el mar, en cambio, esas construcciones parecen una bandada de gaviotas que se han parado en las laderas de la montaña a descansar un rato al sol.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Unos amigos me llevaron a visitar unas grandes bodegas de vino, muy famosas, en Móra d’Ebre.

El propietario, un gran hombre de empresa, catalán, que representa hoy la cuarta generación de una familia de ilusionados viticultores, nos las mostró gentil y exhaustivamente. Y también generosamente, pues el vino de honor que nos ofreció fue de lo más suculento y exquisito, tanto en lo sólido como en los distintos caldos de la casa.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Las personas mayores –que ya han alcanzado la jubilación pero que se mantienen aún lúcidas– son conscientes de que han visto casi todo, lo han vivido y acumulado experiencias de toda índole: han amado –y también a veces odiado–; que han practicado el abanico de virtudes –y sus sombras, los vicios–; que han llegado a una cota de su vida de decantada sabiduría. ¡Ahora, gracias a todo ello, es cuando están más aptos para vivir y actuar en este mundo e incluso poder orientar y ayudar a los demás!

Alfredo Rubio de Castarlenas

Todos conocemos a alguna mujer que se llama María Dolores, o simplemente Dolores o, cariñosamente Lola, Lolita...

Llevan este nombre naturalmente, en honor de la Virgen Dolorosa. Todos los fieles recordamos también, alguna imagen de María al pie de la Cruz con su corazón traspasado de todos sus sufrimientos, al ver a su Hijo clavado en el Madero. O sentada, teniendo a Cristo ya descendido, yerto en su regazo. Es inolvidable la «Pieta» de Miguel Ángel que se admira y venera en la Basílica Vaticana.