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Alfredo Rubio de Castarlenas

Desde pequeños pensamos –nos han hecho pensar– que la muerte es algo extrínseco. Algo que algún día nos adviene y nos «asesina».

Algo que está simbolizado por un macabro esqueleto andante que empuña, aleve, una larga guadaña. Ya sabemos que esta representación es sólo una alegoría: que la muerte es un «enemigo» apocalíptico que, más bien invisible, se nos acerca como a traición para asestarnos su golpe mortal casi siempre atinado. Algunas veces –pocas– por habilidad nuestra o suerte, decimos de tal o cual lance que nos hemos «escapado» de la muerte. O sea que, a lo más, la vemos no como un mero símbolo, sino como algo que se ha «disfrazado» o «encarnado»: que se nos acerca con intención de toro acosante, en aquel camión que nos embiste o en aquella persona drogada que, navaja en mano, nos asalta al filo de la esquina para robarnos con impaciencia. En todos esos casos, la muerte, más o menos disimulada, siempre es llamada «la» muerte como si fuera, en efecto, un ente extrínseco, objetivo, dialéctico con «mi» vida. Un ente ajeno a mí y que –valga la paradoja– tiene vida propia por su cuenta. Pero como digo en el título de este artículo, la muerte no es «la» sino que la muerte somos nosotros.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Hoy, en bastantes partes de nuestro planeta, se acepta, al fin, la total igualdad del hombre y la mujer en su dignidad humana. Y se aceptan, asimismo, las consecuencias sociológicas que de ello se derivan: acceso de la mujer a todos los niveles, tanto en la educación, como en los campos profesionales, así como en la igualdad de oportunidades y retribución, etc. Y se les abren, de par en par, las puertas de la investigación científica, del arte, de la política...

Alfredo Rubio de Castarlenas

El tema de esta Cena queda justificado por muchos motivos:

- ¡La juventud oye música! y los jóvenes son el futuro. Hasta por las calles circulan, con sus walkmans. Unos escuchan música moderna, modernísima, pero también recuerdo cómo llenan, por ejemplo, el maravilloso recinto gótico del Hospital de la Santa Cruz en noches de verano al aire libre para aplaudir a intérpretes excelentes de música clásica. Las Juventudes Musicales... Cómo llena nuestro Palau de la Música.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Dios para unos, la madre naturaleza para otros, nos han regalado el sueño. El sueño reparador, cobijado por el mayor silencio y la mayor oscuridad de la noche.

La misma tierra bajo nuestros pies, nos ofrece su horizontalidad para el descansado olvido de nosotros mismos. Para soñar dormidos o en duermevela.

Sólo cuando una persona haya dormido profundamente y vaciado todo el pantano de sueño acumulado durante la actividad de las jornadas, es cuando se levanta renovada con ánimo prístino, con fuerzas límpidas para emprender con gozo y eficacia una nueva, que es otro gran regalo que se nos hace.

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Mar Galceran, Pedagoga

El término amor se ha convertido hoy en día en una de las palabras más usadas y, a la vez, también en aquella a la que se da interpretaciones muy dispares. Pero a pesar de los abusos del término o las discrepancias en las interpretaciones, lo cierto es que, a lo largo de la historia, el amor no ha dejado de ser una de las aspiraciones fundamentales del ser humano, hasta el punto de poder afirmar que la vida pierde sentido si no se tiene a alguien a quien amar o no se siente querido. El amor se convierte como la fuente de agua que sacia nuestra sed de vivir.

También en el ámbito de la pedagogía, desde la Grecia clásica, en la que la enseñanza quedó institucionalizado, hasta la actualidad, una multitud de corrientes y teorías pedagógicas han intentado desarrollar técnicas y métodos haciendo del amor una actitud, un talante, un estilo educativo para conducir los educandos hacia su plena humanización y realización personal.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Hay una histórica calle, de la vieja Barcelona, ahora afortunadamente peatonal, que se llama «Condal» porque bordeaba los jardines del Palacio del Conde Guifré el «Pilós» (el velloso). En ella me he cruzado con un hombre. Enjuto. Mirada penetrante, inquieta, algo irónica. ¿Quién es?

Ese hombre, a poco, entra en una tienda de fotocopias especializadas y fotografía. Es el dueño. Muy concurrida todo el día. Se ve que el personal trata amable y eficazmente a los clientes.

Difícil olvidar una de las anécdotas más bellas de la historia: la tregua de Navidad de 1914, aquel momento milagroso en que los seres humanos se sobrepusieron al miedo y osaron vencer la barbarie a base de música y juego. Un auténtico acto de coraje con el que las tropas desafiaron a sus mandos, al parecer reticentes a propiciar ese breve momento de paz en tierra de nadie.

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Cuánto deseo de más tierras de nadie donde no se dispare y se pueda enterrar y llorar a los muertos de todos los bandos; donde cualquier nimiedad se convierta en regalo, se recuerde que cantar juntos es un conjuro contra la inhumanidad y que el juego es expresión de ese niño que llevamos dentro y nunca debería morir.

En este mes en que la vida parece volverse loca, abrimos una ventana a esas esperanzas quedas que llevamos en lo más hondo. Anhelos casi inconfesables por mor de ser tachados de ilusos, como lo es que las hachas de guerra se entierren en tantos lugares donde la gente sufre lo indecible, lo indescriptible porque no tiene sentido humano alguno.

La historia nos recuerda que, para la paz, hacen falta personas excepcionalmente valerosas, capaces de renunciar a las armas, a la violencia y al poder; abiertas a la generosidad del perdón o al menos de la asunción del error o hasta el mal ajeno; dispuestas a tender la mano, ofrecer la palabra y mirar hacia adelante con otros.

Algo bueno de la Navidad es recordarnos que, sean cuales sean las circunstancias, de algún modo es posible renacer. Aunque eso implique el no siempre fácil y menos apetecible ejercicio de desprenderse de lo que fue y ya no volverá; incluso de lo que nunca ha sido realmente y que haremos bien en soltar. Aunque eso suponga un ejercicio de recreación no exento de esfuerzo y coraje.

Creer en la posibilidad del bien, para que no sea un acto ingenuo, pide sabiduría e ingenio amasados en una mirada que se cultiva en lo profundo del ser humano y abre paso a la confianza y la esperanza. Así, como una luz en medio de toda noche, se ilumina cuál es la verdad para la que toda persona nace: una vida en paz y alegría capaz de amor.

Publicado en la Revista RE

Alfredo Rubio de Castarlenas

Estuve este verano en Asís donde la huella de San Francisco permanece vivapor todos los parajes y paisajes. ¡Este Santo que dio un gran impulso a la devoción al Patriarca San José en la Europa de su tiempo y que aún perdura su influencia!

También visité la cercana ciudad de Gubio, la del lobo apaciguado por el Santo. Todos recordamos esa historia-leyenda de su vida. En Gubio había un lobo montaraz y carnicero que era el terror de ganados y vecinos. Unos dicen ahora, que era un lobo de verdad, otros que era el apelativo de un hombre ladrón y peligroso que traía en jaque a la gente por aquellos alrededores. Sea lo que fuere, San Francisco le habló mansamente.

Alfredo Rubio de Castarlenas

La madre de los Zebedeos pidió a Jesús que cuando Él fundara su reino, sentara a su derecha y a su izquierda, a sus hijos –los apóstoles Santiago y Juan. Cristo le respondió «el que quiera ser primero que se haga último».

Jesuscristo proclama en este pasaje una virtud que es esencial a todo cristiano para ser de verdad ciudadano de este Reino de Dios que trajo a la tierra, como antesala del Reino en plenitud de los Cielos. Virtud que podríamos llamar de la «Ultimidad». ¡Hacernos últimos! Cosa que para nosotros no tendría que ser del todo difícil, pues si somos verdaderamente humildes, veremos tan claramente nuestras propias limitaciones –y pecados-, que correremos al último lugar, felices de poder estar en ese Reino de Dios, aunque fuere al menos en su umbral.

Alfredo Rubio de Castarlenas

En la reunión que se celebró en el «Castell de las Gunyoles» para preparar las V Jornadas Interdisciplinares «Abrir Caminos a los Jóvenes», organizadas por el Ámbito María Corral, se dio un cualificado encuentro entre distintos profesores universitarios. En el transcurso de la sobremesa, surgió espontáneamente el tema –tan importante precisamente para los jóvenes– de la Universidad, hoy. Su crisis de identidad, su masificación, su falta de independencia y su excesivo dirigismo estatal; que es poco interdisciplinar, con la sobrecarga de tantas especialidades en múltiples Escuelas Técnicas; que es poco humanista en conjunto, con una demanda de titulaciones excesiva con finalidades pragmáticas (con todo y que cada vez son menos útiles) con lo que se rebaja el nivel intelectual; que ampara a un gran número de alumnos sin una verdadera vocación, que acuden a ella porque no encuentran otro lugar más atrayente, lo que rebaja también el nivel medio de la enseñanza; falta de sosiego y de medios para la investigación; poca coyuntura cordial para el gobierno conjunto de profesores y alumnos. Desorientación, en fin, sobre su por qué, su para qué, su cómo.