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salud relativoHoy la cultura médica no se puede aislar de las otras ciencias: de la física, de la química, de la biología, de la ética, etc. Prácticamente no puede hacerlo de ninguna otra ciencia, y por supuesto de las llamadas alternativas –pero científicas-, que ayudan a enriquecer la ciencia médica y a su vez la hacen más humilde. Tampoco se puede separar la medicina de la tecnología o de la informática. Este enriquecimiento al servicio de la persona –enferma o sana, que siempre tiene posibilidades de enfermar- debe conducir a una actitud más real y más humana. Pero, quizá, la clave de esta disposición humilde debe enraizarse en la conciencia de que el objetivo de la medicina es la persona realmente existente e irrepetible.

Alfredo Rubio de Castarlenas

La guerra mundial que empezó en 1939, aún no ha terminado. Los vencedores y vencidos no han firmado «todos» un tratado de paz. Y, naturalmente, los que siguen vencidos por ahora tratan, por todos los medios, de llegar a vencer a su vez, un día. Y en esas estamos.

Han variado los escenarios de las batallas, los métodos y las armas. No los objetivos últimos ni las ideologías o los presupuestos fanáticos.

Se van deshaciendo y haciendo alianzas, pactos tácitos o estratégicas uniones para fines concretos y próximos.

Alfredo Rubio de Castarlenas

El mar azul con espumas blancas, bajo un cielo azul... Esta es la imagen maravillosa que sentimos cuando, nostálgicos, queremos soñar con el mar. Invita a la evasión; a gozar de una belleza decantada, casi abstracta. Lugar misterioso de mitologías poéticas. Incitador a la aventura; a desear las otras orillas desconocidas mucho más allá de todo horizonte. Nos parece que el mar debe ser un lugar privilegiado para lograr la anhelada lejanía de la tierra y sus tumultos; y hallar mejor, en cambio, la cercanía de las personas que comparten una ruta, una vocación, un destino.

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La ruptura de dos relaciones esenciales coloca en el presente a la humanidad al borde de su extinción. Una es el quiebre permanente del vínculo de afecto y respeto que nos merecemos unos con otros por ser hermanos en la existencia. La otra es la guerra que en todo el mundo llevamos en contra de la naturaleza que nos sostiene y de la cual somos resultado años en la existencia. 

La violencia, que es la suspensión de la paz por la ambición de poder, transforma a los seres humanos, las plantas, los animales, las fuentes de agua y los minerales en objetos de dominio para el lucro de minorías a escala local y global. El ansia de poder de unos pocos agota en sus egos la identidad de todos los entes del planeta y los convierte en recursos para su disfrute y la dilatación de su voluntad más allá de lo justo y sensato.

Cuando el ser humano descubrió hace una decena de miles de años la agricultura y la ganadería, superó la etapa de escasez cotidiana a que era sometido por la recolección y la caza. Pudo, así, sobrevivir y articular sociedades de centenares y miles de individuos con capacidad de planificar su alimentación y ganar tiempo libre para producir bienes que enriquecieron su vida material y dedicar su curiosidad para la reflexión y el diálogo. Ese proceso marcó el momento del salto cultural de los grupos humanos en todo el planeta.

Con la interacción de grupos cada vez más numerosos y con recursos cada vez más abundantes surgió, de diversas formas, lo que conocemos como el Estado. Este aparato político no se articuló en base a un contrato social como imaginaron muchos pensadores europeos de los siglos XVII al XIX, sino en función de la violencia. Minorías se impusieron sobre las mayorías mediante la represión física y el control de la libertad y la alimentación de las poblaciones. Las civilizaciones antiguas son una colección abominable de las muchas maneras en que pueblos completos fueron esclavizados y fueron obligados a construir templos y tumbas para la exaltación de reducidos grupos de beneficiarios de su trabajo y encumbrados como líderes divinos. Desde entonces, han habido rebeliones y resistencia de los oprimidos que han provocado matanzas hasta el presente.

A partir del siglo XVIII, el ideal de una sociedad donde la producción y distribución de los bienes se desarrollara en libertad y el poder político fuera validado por la población comenzó a concretizarse en muchas sociedades y ha marcado el rumbo de la historia de los dos últimos siglos. Mercado y Democracia, con sus múltiples variantes, han pasado a ser las utopías que las mayorías, y con ellas los liderazgos políticos y empresariales, intentan edificar para el logro de la prosperidad generalizada, el respeto de la dignidad humana y la paz. Que con esos medios se logren esos objetivos todavía es una cuestión por dilucidar, pero en el presente no se vislumbran otras opciones tan populares.

El Mercado y la Democracia fueron proyectos gestados por el capitalismo como sistema económico que tiene su fundamento en la codicia y el supuesto de que la distribución de la riqueza es más eficiente mientras menos controles existan en la interacción entre productores y consumidores. Un mito que no ha logrado históricamente realizarse y que carga en su accionar muchas injusticias y el dominio de quienes tienen más riqueza en el control de los Estados y las sociedades. Con el agravante de que el ansia de producir para el enriquecimiento ha desarticulado gravemente el ecosistema del planeta y amenaza de manera inminente la destrucción de las condiciones para que los seres humanos podamos sobrevivir. 

Con sistemas democráticos subordinados a las plutocracias y modelos de producción y consumo articulados en función de la ganancia económica, no es posible preservar el ecosistema del planeta, ni el desarrollo pleno de todos los seres humanos. La falsa libertad que comunica el consumo de bienes y los nuevos medios de comunicación en base a Internet es una suerte de droga que nos aliena en la cotidianidad, sobre todo en las sociedades más desarrolladas. La otra cara de la moneda son los miles de millones de seres humanos que son expulsados de sus lugares de origen por el hambre y la guerra, y que no encuentran acogida en los espacios más prósperos del planeta.

Los temores que albergamos de que la vida humana sea aniquilada por catástrofes cósmicas o la transformación de gran parte de la población en zombis –como nos inculca Hollywood–, es una ilusión que oculta las verdaderas causas de nuestro riesgo de desaparecer como especie. Si no logramos que nuestros modelos políticos se fundamenten en la voluntad lúcida de los pueblos y la humanidad, y que la producción de bienes no se fundamente en el lucro de los productores, sino en el consumo responsable con el cuidado de la naturaleza y el pago justo a los que generan los bienes, no lograremos mantener la existencia humana en nuestro planeta.

Para lograr sobrevivir en paz con nuestros semejantes y la naturaleza necesitamos, creativamente, organizar nuestra vida política y la actividad productiva con nuevos modelos basados en la justicia y el conocimiento científico. Se impone superar la codicia como motor de nuestro desarrollo.

David Álvarez Martín

Publicado en la Revista RE

 

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

La fe, no cabe duda, es un constitutivo del amor. 

Amor es darse. ¿Y cómo podríamos darnos si no tenemos fe en quién nos entregamos?
Dios se nos ha dado en su Hijo hecho carne. Confía en nosotros. Y nos pide nos entreguemos también confiadamente a Él. Este mutuo amor de Creador a criatura es el supremo analogado de cualquier otro amor humano.

AmorEl itinerario del cristiano es un itinerario que va de la alegría al gozo. Parte de la alegría de saber que el Verbo se ha hecho carne de nuestra carne, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo, nos ha redimido, para llegar al gozo de encontrar a Cristo y vivir configurados con él, ¡Cristo es nuestra fiesta! Pero entre el anuncio de la buena nueva de la redención de Cristo –la alegría– y el vivir resucitados en él –el gozo– hay un calvario también para nosotros: morir a uno mismo. El abandono total en manos de Dios.

La meta última de la madurez cristiana es dejar de seguir a Cristo para convertirnos en otros cristos en la tierra. Y esto también incluye la resurrección. Porque la resurrección no es sólo algo que puede acontecer con nuestra muerte física, sino que también es un modo de vivir nuestra vida mortal, plenos de la gracia de Dios, «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo» (Rom 6,11). Como otros cristos, nos presentamos a los demás en las diversas relaciones de la comunidad cristiana. Cuando esto se da, vivimos ya el reino que Cristo vino a instaurar, vivimos en fiesta.

Para el cristiano que ha recorrido este itinerario de morir y resucitar con Cristo, su mapa, su carta de navegación son los que Cristo da una vez resucitado. De ahí que la Andadura Pascual (*1) es donde mejor encontramos el camino a seguir, el mapa para el obrar.

Hacer de nuestra vida una oblación por amor, es instalarse en el gozo de vivir resucitados en Cristo. Y esta es la estructura más interna de la fiesta, que queda condensada en la sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas.

La esencia de la fiesta es: ser-para-los-demás, como Cristo lo fue para la humanidad. Y todos y cada uno de los hombres estamos invitados a gozar la fiesta y la alegría de vivir en Dios. Pero en la espiritualidad y la praxis cristiana este ser-para-los-demás, se ha identificado casi exclusivamente con el rostro doliente de Jesús clavado en cruz, separándolo en no pocas ocasiones, del talante del Resucitado. Evangelizar la fiesta, el placer y la alegría en el mundo de hoy, no es menos importante que evangelizar el dolor. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo.

El fin último del cristiano no es la cruz, sino la resurrección, el gozo, la fiesta. La cruz es la prueba, pero no el fin. Que mataran a Jesús clavándolo en una cruz, no tiene nada de novedad. De hecho, en su época fueron muchos los que murieron así. Y a lo largo de la historia, muchos otros han muerto de manera más cruel y con más sufrimiento. Cuántos mártires hubo y sigue habiendo que dan su vida por ideales muy dignos y legítimos.

El centro de gravedad del mensaje de Cristo, no está en su muer­te –que es una prueba de la autenticidad de lo que decía– sino en lo que decía e hizo. Lo específico –si pudiera resumirse de algún modo– es el “ágape de caridad”, que tan bien está reflejado en el relato joánico de la última cena.

La mejor manera de mejorar el mundo es amar como Dios nos ama». Cuando esto pasa del yo –que amo– al nosotros –que nos amamos–, ¡es fiesta! Esta es la evangelización por excelencia, la acción más eficaz, y el espectáculo más atrayente y redentor que podemos dar los cristianos al mundo «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos» (Jn 13,35).

(*1) RUBIO, Alfredo. Andadura Pascual. Camino de Alegría. Barcelona: Edimurtra, 1990.

El Pliego, núm. 97, 2017

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Quiso hablarme del primer punto de la Carta de la Paz. Era una persona muy competente. Claro, yo le escuché con mucha atención. Me dijo: «es evidente la “evidencia” que usted señala: los contemporáneos no somos responsables de lo malo (e incluso lo bueno) que ha acaecido en la Historia, por la sencilla razón de que nosotros, no existíamos. Pero, son realidades que, por su mismo brillo, con frecuencia hasta nos deslumbran y, por instinto y hasta por necesidad, cerramos los ojos a tanta luz. Nuestra inteligencia se maneja mejor a nivel de verdades, que no son exactamente lo mismo que las evidencias».

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Estamos en un mundo donde el concepto de la globalización se ha impuesto, generando nuevos modelos, modificaciones en los fundamentos culturales y sobre todo actitudes vitales distintas frente a los nuevos acontecimientos. Vivimos en un mundo donde los valores líquidos, la hiperconectividad y la incertidumbre son el paradigma que gobierna la manera de responder y actuar de las personas.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Sufría yo porque una persona de la casa trabajaba mucho. Unos por otros se dejaban de hacer cosas, por ocupaciones exteriores, más o menos reales o aleatorias, por los caracteres de los individuos, falta de organización, una cierta resistencia por piques personales, etc. Las cosas que había que hacer en la casa, ya se hacían, sí, pero raspando los límites de cuando ya no había más remedio que hacerlas, muchas veces forzados por las visitas que podían venir o sabíamos que venían. Las horas de las comidas, desajustadas y tarde. Todo el día, o casi, nos lo pasábamos hablando de lo que había que hacer, pero no se acababa de hacer bien y del todo. Y además, estas conversaciones, a veces con cierta agitación, acritud y hasta alfilerazos verbales, quitaban la paz y la sosegada alegría que tendría que tener toda casa.

humanitarian aid 939723 1280Es cierto que a lo largo y ancho de nuestro mundo tienen lugar guerras que prácticamente ignoramos, situaciones de violencia institucionalizada de las que apenas tenemos constancia. Sin embargo, todavía son más desconocidas múltiples acciones de solidaridad que están paliando el dolor de los seres humanos allá donde se encuentran. Afortunadamente, cada cierto tiempo, alguien realiza un reportaje que nos acerca el quehacer cotidiano de cooperantes: laicos o religiosos, solos u organizados, locales o internacionales, conocidos o anónimos… No hay un solo perfil para la simpatía responsable y coherente.

Sin embargo, de entre los rasgos que sí comparten, destaca, sin ninguna duda, la humildad. Esta cualidad, tan poco vitoreada en las sociedades occidentales contemporáneas, es crucial para quien decide dedicar energía y creatividad al trabajo solidario. Porque el «solidario» —si es que así puede llamársele— no es, ni mucho menos, un ingenuo inconsciente que no considera la fuerza y ambición de los poderosos, la crueldad de quienes están determinados a seguir haciendo daño, la desmesura entre los medios disponibles y los necesarios…