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Alfredo Rubio de Castarlenas

Se acaban de celebrar en Huelva, unas Jornadas para presentar la celebración del Hemimilenario del llamado «Descubrimiento de América» y su Evangelización.

Los etnólogos y antropólogos parecen estar de acuerdo al afirmar que el Homo Sapiens no surgió en el continente americano.

Mandíbulas y otros restos del hombre primitivo han aparecido en África, Asia y hasta Europa. Eso quiere decir que los indígenas que Colón y sus acompañantes encontraron en América, eran descendientes de los que habían «descubierto» ya este novísimo continente americano.

daluis gorges 1574567 1280La percepción en general -y la percepción del tiempo en particular- varía en función de múltiples sujetos, objetos y contextos a considerar. Ello es así tanto en situaciones de estabilidad, situaciones de transición, situaciones de crisis, como de situaciones de violencia, guerra, paz o harmonía, sea que el motor de dichas situaciones se encuentre en el interior o en el exterior de las personas, los colectivos y/o los territorios. ¿Cambia la percepción de las personas y/o los pueblos en situaciones de violencia, guerra o paz? ¿Pueden modificarse las percepciones existentes? ¿Cómo y en qué sentido? Estas y algunas otras preguntas nos aparecen en un momento histórico en el que parece que el tiempo se acelera.

Para mejor comprensión de lo que nos planteamos podrían servirnos las investigaciones que se han realizado en materia de percepción sobre conductores de vehículos de circulación viaria y lo que se ha venido en denominar el “efecto túnel”. La percepción de un peatón, de un ciclista, un motorista o un automovilista sobre el terreno no depende únicamente del vehículo que se utiliza, sean o no los mismos individuos a considerar sino también –y sobre todo- la velocidad que ese mismo individuo imprima en el vehículo en cuestión y otras velocidades de vehículos circundantes. Así un automovilista que conduzca a 65 km/h ve reducido su campo de visión hasta los 70 grados y, en cambio, el mismo automovilista conduciendo el mismo vehículo a 130 km/h su campo de visión se reduce a 30 grados de visión, equivalente a la sensación de transitar por un túnel. Aunque el contexto es el mismo la visión queda seriamente reducida y todo lo que se halla fuera del campo de visión de dicho túnel no está presente de forma consciente en la percepción y experiencia conductiva. Ello aún se agrava más si se produce de noche. La sensación de túnel aún se acentúa más.

En los proyectos individuales y colectivos, como en la vida, vamos circulando dirigiéndonos a nuestros objetivos, en diferentes contextos, con diferentes vehículos e instrumentos y los individuos y las comunidades van transformándose en dicha circulación. Podríamos decir, que al igual que en la circulación, nuestra percepción del tiempo queda afectada en situaciones de violencia, de guerra o de crisis traumática de forma análoga al “efecto túnel”. La percepción sobre el tiempo y la velocidad de los acontecimientos internos y externos sufre alteraciones respecto al ritmo normal o habitual.

En una discusión acalorada con otra persona todos hemos experimentado una aceleración en la respiración -que además se vuelve más entrecortada y superficial- una aceleración del ritmo cardíaco, que propulsa con más fuerza la sangre al circuito sanguíneo, entre muchas otras sensaciones y estímulos que se envían al cerebro. A su vez la cantidad y calidad de contenidos e información que se producen en la discusión se van viendo afectados por el efecto túnel lineal que, en muchas ocasiones, acaba siendo confrontativo. Se añade que la percepción del tiempo se acelera como un rayo y en un breve lapso de tiempo se pasa de la discusión verbal a la violencia y, en definitiva, a la guerra.

La percepción no deja de ser una de las manifestaciones de la actividad mental: influyen en nuestra percepción las condiciones de nuestro cuerpo –genéticas incluidas- y nuestro ser –más allá del cuerpo que vemos-, los estímulos producidos desde el seno materno hasta nuestro presente, las experiencias satisfactorias y frustrantes, los aprendizajes corporales, mentales, emocionales y espirituales, todo aquello almacenado en nuestra memoria consciente e inconsciente; Jung y otros autores nos hablan también de la existencia de “mentes colectivas” –asociadas a comunidades o pueblos- en los que se acumulan las experiencias de los ancestros, los progresos y creaciones socialmente útiles, las experiencias de guerras pasadas y/o presentes, los resentimientos históricos contra determinados colectivos o pueblos, las interconexiones sociales evolutivas, entre muchos otros.

Por ello la mente –individual y/o colectiva- no deja de tener un carácter instrumental. Y como todo instrumento potente, puede utilizarse para crear o para destruir; y como todo instrumento sensible puede der objeto de influencia generadora o degeneradora y puede ser objeto de alteración, incluyendo la velocidad –o su correspondiente aceleración o deceleración.

tiempo lentoAl igual que podemos provocar en nuestras mentes individuales y colectivas el efecto túnel podemos también invitar a nuestras mentes a alterar circularmente nuestra percepción–y la de otros- en lo que podemos denominar el “efecto burbuja”, que todos hemos experimentado de alguna forma alguna vez.

Siguiendo el ejemplo de la discusión acalorada: si en vez de acompasar nuestras palabras, respiraciones, tonos y gritos a los del interlocutor respiramos pausadamente y respondemos disminuyendo la cadencia de las palabras, atemperando el tono de nuestra voz y manifestando inclusividad en la información que se comparte estaremos creando una burbuja envolvente que alterará el tiempo, la velocidad y el tono de la discusión, permitiendo no sólo evitar entrar en un túnel de visión sino, al contrario ampliar el campo de visión y encontrar nuevos conectores no percibidos inicialmente. 

Podemos ilustrarlo también en el ámbito colectivo: años después de las masacres y genocidios de Rwanda me propusieron facilitar un proceso de diálogo entre personas pertenecientes a las etnias hutu, tutsi y twa. Como es imaginable el peso de la tragedia en la mente colectiva de este pueblo era y es tremendo. La percepción colectiva de vorágine era acentuada y era incierto cómo podría desarrollarse un verdadero diálogo entre personas que habían sufrido episodios trágicos de esta envergadura: les propuse empezar el diálogo sin hablar. Nos situamos en un plano de igualdad para aprender y experimentar de un área de conocimiento que no fuera ni la europea ni la africana. Invité a un maestro de aikido de aquí con un alumno aventajado africano, quienes nos introdujeron en este arte marcial no-violento japonés. Tras hacer ejercicios de ataque y defensa, mirarnos a los ojos, cogernos, caernos y ayudarnos a levantar nos situamos en un tiempo y un especio diferentes, una burbuja alteradora del tiempo que permitió realizar un diálogo fructífero, diálogo muchas veces complejo, pero que se desarrolló impregnado de un ritmo y una calidad transformadora.

Jordi Palou-Loverdos
Publicado en la Revista RE

Alfredo Rubio de Castarlenas

En los años 20 se veían, por los paseos de Barcelona, hombres más bien medio ancianos, mal vestidos, pobres que se ganaban unas pesetas –de entonces– llevando pendientes de sus hombros por unas anchas correas, unos grandes anuncios, tanto por la parte delantera de su cuerpo, como por detrás. A veces esos carteles pegados sobre recios cartones o delgadas maderas, llegaban hasta el suelo de manera que si el portador era más bien bajito, les hacía tropezar al andar Ramblas arriba, Ramblas abajo, Paseo de Gracia hacia la montaña, Paseo de Gracia hacia el mar.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Los juristas, en nuestra cultura, han llevado adelante la defensa de los derechos de la mujer. Han sido espoleados –a veces agriamente– por los diversos movimientos feministas, más o menos iracundos.

Las legislaciones de nuestros «países occidentales» casi han alcanzado, en esta cuestión, la perfección deseada. Aunque por supuesto no se haya logrado todavía del todo, en la práctica, el ejercicio de esos derechos por las mujeres inmersas en una sociedad llena aún de rémoras y prejuicios.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Si un niño naciera en la selva, fuera abandonado y por azar creciera cuidado por los animales como nos cuenta Kiplin, devendría una fiera más. Los sicólogos añaden que a los siete años de edad, sería ya irrecuperable como persona humana.

Si un náufrago se salva y sobrevive solo en una isla inhabitada, su temple se sostendrá a base de los recuerdos y de su cultura. Gracias a ellos podrá dialogar, al menos, consigo mismo como un Robinson Crusoe.

Alfredo Rubio de Castarlenas

El pico del Everest apenas tiene secretos por difícil que sea de alcanzar. Sabemos de sus rocas, de sus hielos, sus glaciares. Quizás en las laderas, alguna Edelweiss. No hay animales. Ni el Yeti. ¡Quién resiste tanto frío y tanta altura!

En cambio... ¡el mar...! Nadie ha recorrido todas sus simas, más profundas aún que el alto Himalaya.
¿Qué monstruos marinos habitan estas temibles hondonadas, con el Océano sostenido en sus lomos? Conocemos sólo unos pocos; y algunos de ellos fabrican y emiten luz para que sus ojos puedan ver en esas negruras a las que no alcanza el sol. ¡Sí; qué misterio es el mar! Ya lo decían los antiguos y Ulises sabía de ello. La Atlántida y su cantor Verdaguer, también.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Querría, ya desde el comienzo de mi ponencia, puntualizar claramente que milagro moral es milagro «en sentido estricto». Como iré señalando e insistiendo, milagro moral es un hecho sensible extraordinario, que tiene una verificación histórica o al menos biográfica y, que trasciende las normas de conducta del ser dotado de inteligencia y de libertad. El hecho del milagro moral está por encima del poder de cualquier sujeto; sólo Dios –que bien puede servirse de las causas segundas– está en posesión del poder para realizar milagros, ya se trate de milagros físicos, ya morales. Tiene significado religioso, carácter de signo, al igual que el milagro físico.

Chiu-chiuTodo tiempo está habitado por Dios y nos ha caído en suerte vivir en unos momentos radicalmente apasionantes dentro de la historia del mundo. O amamos el tiempo en el que nos toca vivir o lo perdemos irremediablemente, perdiéndonos también a nosotros mismos. Amar profundamente el mundo en el que uno vive es algo necesario y deseable en toda persona viviente, pues cada época es la única posibilidad que existe para cada uno. Desde el plano objetivo hay certezas de que este momento presente encierra realizaciones y posibilidades de un interés extremo, más ricas que las de otras muchas épocas pasadas. Si bien es verdad que el mundo, el de todos los tiempos, está lleno de las huellas de Dios, el mundo presente ofrece peculiaridades inéditas que no se han dado en tiempos anteriores; exceptuando un particular momento, dado en una época muy lejana, que ahora parece estar produciéndose de nuevo.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Queriendo preparar un artículo que tratara algo sobre el «Perdón»; don tan extraordinario y tan necesario para la convivencia humana, llegó a mis oídos unas reflexiones ¡tan bonitas...! que me voy a tomar la libertad de transcribir algunos párrafos de las mismas. Lo oí en un programa de radio que a diario suelo escuchar, titulado «Buenos días nos dé Dios» en Radio 1, a las 5,55 de la mañana. Entre otras cosas, decía (no sé si Señora, Señorita o Religiosa): Blanca Bancellés hablando sobre el perdón: En toda relación humana siempre habrá momentos en que uno se sienta ofendido por lo que los amigos hacen o dicen, y esto sucede porque todos somos limitados. A veces decimos o hacemos cosas que molestan y ofenden a los de nuestro alrededor, aun sin intención por nuestra parte. Por eso, hemos de saber pedir perdón.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Todo el mundo conoce este concepto basado ciertamente en la realidad, de hermanos de sangre, por ser hijos de un mismo padre y madre.

Incluso muchos, hurgando en los parentescos, descubren que son primos en primero, segundo o tercer grado.

Pero hay otro concepto –también real– más hondo y más amplio. Todos somos existentes. Somos hermanos en la existencia.

La existencia es nuestra primordial familia. Todas las diferenciaciones entre los individuos –genéticas, ambientales, culturales, etc– se construyen sobre esta base trascendental del existir.