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Sí; pódame Señor aquellas ramas

que Tú sabes no sirven. Yo no sé

cuales de ellas serán; mas tengo fe

en Ti, mi jardinero, que me amas.

 

Sé también que las amas y las llamas

aún más que yo, que siempre las amé

desde que con pujanza las broté

de mi entraña de fuego, vivas llamas.

 

Sí; Tú sabes, Señor, todas las cosas,

las ramas que no quieren dar más rosas

aunque ambos con amor se lo pidamos.

 

Sí; pódame Señor, aunque me duela

que más te duele a Ti, buen centinela

que te desangras cuando las miramos.

 

¡Pero bien sé que así me brotarán 

nuevas ramas que rosas te darán!

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Paco Núñez, embajador de Dios

en medio de los hombres cotidianos.

No tienes tiempo para asuntos vanos

¡Siempre de tus ovejas vas en pos!

 

Dios y tú, al unísono los dos,

corre y corre por esos campos llanos

convocando a la gente con las manos

¡con el alma! y los dos, a una voz.

 

No te detengas ¡sigue sin cansarte!

cada vez más veloz y más ligero.

¡Llegar al Cielo es el supremo arte!

 

El Cristo apocalíptico te llama.

Llegarás desangrado y roto, pero

de alta Caridad, hecho una llama.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

 

Con motivo del 17 de abril de 1985

 

Déjame Juan Miguel que te rescate

que para empeños nuevos te preciso.

Sin ti, yo no sabría donde piso,

si en firme piedra o barrizal que abate.

 

Juntos, mejor oiremos donde late

hervor de Dios por bajo el suelo liso.

¡Hagámoslo brotar con el permiso

de la Altura! ¡Que nadie lo arrebate!

 

Nuestra Señora, fuente de Alegría,

cobije a los que lleguen con su clara

esperanza sin vana algarabía.

 

Sepamos darles nuestra mano abierta

y sólo la sonrisa en nuestra cara

¡así caldearán su alma yerta!

 

(Luego habrá fiesta; sonarán las flautas

de aquella dulce narración de Cristo

con que nos llama a las divinas pautas (*)

¡por el solo hecho de decir existo!)

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

 

(*) llamando a todos a divinas pautas

De cómo la Fe se torna Caridad


¿Pero no sabes tú que la razón
tan sólo sirve para aupar la duda;
que m·s es sinrazón que queda muda
si osas pedirle alguna afirmación?

Al compañero fiel Guillermo Brossa

al término feliz de nuestro viaje,

mientras vemos tan sólo azul paisaje,

quiero darle las gracias con mi glosa.

 

Sé que a veces he sido dura losa

en nuestro bogotal peregrinaje.

Y no hay dificultad que él no encaje,

aún las noches que fueron rumorosas.

 

Vencedor de ronquidos y pesares

humilde se tornaba en amistad

convirtiendo el dolor en bien a mares.

 

Guillermo Brossa, Ángel de la Guarda

por océanos, campos y ciudad.

¡En la tierra el Cielo ya te aguarda!

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

(en recuerdo del Obispo D. Vicente Puchol, 

en el aniversario de su muerte)

 

Ya es hora que me vaya por el foro.

Recité el personaje de mi vida

que acaso en el mundo nada incida.

¿Canté correcto o entoné extracoro?

 

Tampoco sé si es cobre –o es oro–

lo que dejó mi voz enternecida;

si queda indiferente o conmovida

la gente y si yo mismo río o lloro.

 

Sólo sé que aún me alegro de vivir

esa vida que es tuya al par que mía

que me diste cual don en el nacer.

 

Y presiento el gran gozo de morir.

Significa que he sido en esa ría

del ser, ¡algo! ¡Y sé que eres el SER!

 

 Alfredo Rubio de Castarlenas

Con estrambote de persistente rima.


Parece que las cosas y la gente
se remansan llegando Navidad.
Una pequeña luz de Caridad
nos titila en el fondo suavemente.

Alberto, Ángel Custodio del Camino

Me abandono a dormir mientras conduces.

Sé que, prudente, miras bien las cruces.

Y, sobrio, no te tienta nunca el vino.

 

Pensar y distraerme compagino

sin temer ni a las sombras ni a las luces.

Apenas digo algo y ya deduces

lo que espero y deseo de tu tino.

 

Si en la vida diriges el trabajo

con esa clara presurosa calma

y alegre y bondadoso desparpajo

 

¡qué no harás al conducir tu alma

para que suba desde aquí abajo¡

Irá tranquila en tu abierta palma.

 

 Alfredo Rubio de Castarlenas

Supongo que este Alguien te ha traído

a donde estás ahora

para mi bien.

Mas hoy

sólo te veo a ti y a ti te hablo.

Porque nadie puede saber

lo que es el verdadero

y primigenio gozo de existir

mientras desnudo

no corre de tu mano

–gritando,

cantando–

por campos y praderas,

o juega al escondite

contigo por los bosques

o nada como un pez entre los peces,

persiguiendo, riendo, tu reflejo

por los ríos y el mar.

 

Amándote

es como fui aprendiendo a amar

a la otra gente

y a otros seres y cosas

que están fuera de mí,

pues al chocar tu luz con todos ellos

los reconozco como hermanos.

 

Oh, Sol amigo de Francisco.

Yo no quería

dejar bien claro de decirte

gracias sí, gracias, antes de morirme.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Alfredo Rubio de Castarlenas

Muchos temen la muerte. Querrían no tener que morir. Sin embargo, viven normalmente. Trabajan y se casan. Tienen hijos. Me parece una contradicción. Si temen y no querrían morir ¿cómo se atreven a engendrar un niño, que al darle vida se la dan inevitablemente mortal? No creo que sea una secreta venganza, tan injusta por otra parte. Ya que me engendraron a mí, yo engendro a otros para que pasen la misma angustia que yo. Esto, además, contradeciría el verdadero amor y ternura que los padres sienten por sus hijos. Más cierto debe ser lo contrario: que a pesar de tener que morir uno ame la existencia y por eso, a pesar de todo, se desea ilusionadamente poderla transmitir a otros. En el fondo puede decirse: ¡qué alegría morir!, eso quiere decir que existo, pues en este mundo sólo no mueren los que no existen.