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Alfredo Rubio de Castarlenas

Durante los últimos milenios, ha predominado, como base de la sociedad, la prepotente familia patriarcal en versión más o menos amplia, y aún perdura, con sus luces y sombras, en grandes partes del mundo. Forma conveniente al nomadismo y a la cultura ganadera, lo fue también para la era agrícola, engendradora de patrimonios aún más dilatados y estables. Esta organización familiar se fundaba sobre todo en la consanguinidad. Con gran frecuencia, era, a la vez, empresa económica de ámbito doméstico para la supervivencia y desarrollo de sus componentes. Incluso los desposorios eran determinados, generalmente, más por los intereses mutuos de las respectivas familias que por el amor de los propios contrayentes.

Por mí, Jesús, tomaste mi sudario;
de Criador, te hiciste criatura,
¡sacro torrente de infinita altura
que al chocar con la roca del Calvario

En el día de San Francisco


No quiero, no, permanecer de hinojos
que dijiste querías fuera amigo.
Igual que Juan, deseo estar contigo
mis ojos a la altura de tus ojos.

México, Nuevo Belén
este año para ti.
Nace aquí Jesús también.
Has venido de muy lejos,
de Oriente como otro Rey.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Se viene hablando mucho del «Quinto Centenario» del mutuo encuentro con ese continente que luego llamaron América.

Las diversas ideologías, tantas veces enfrentadas entre sí, al igual que las múltiples políticas con variopintos intereses contrapuestos, quieren manipular esta conmemoración, desde sus puntos de vista y conveniencias.

Se comprende. Estamos en un mundo de rivalidades y luchas y por ello esos forcejeos son incluso previsibles. Pero ese histórico hito creo que es –por encima de las discusiones con los italianos sobre Colón, glorias ibéricas o lamentos y virtudes indigenistas– una gran fiesta de la Humanidad toda.

Alfredo Rubio de Castarlenas

Hace pocos días, invitado por unos amigos, estaba en un hotel maravilloso de uno de estos pueblecitos de montaña andorranos que, en invierno, son base desde donde ir a esquiar a las diversas pistas vecinas y ahora, en verano, son jolgorio, descanso, piscina y tenis.

La última noche asistí al reparto de trofeos de un campeonato de este deporte que se había organizado entre los huéspedes del hotel, muchos de los cuales se conocían de anteriores veranos. La copa principal se la llevó un joven catalán, y la de juniors un simpático treceañero francés. En los inevitables parlamentos de esa fiesta, entre pasteles y sangría, se recordó la frase del ex presidente de un club de tenis de Sabadell: «Viajando con una raqueta bajo el brazo, encontrarás siempre por todo el mundo, un amigo» Yo estaba encantado de ver, vivir, aquellos momentos de buenas relaciones y armonía entre los abundantes ibéricos y galos que compartían el hotel.

Alfredo Rubio de Castarlenas

En un reciente artículo en estas mismas páginas, hablábamos de que nos hemos de amar unos a otros como Dios Padre nos ama. Por tanto, ese mutuo amor que nos hemos de tener ha de estar impregnado de todos los matices de abnegación, lealtad y perseverancia que son características precisamente del amor de padre. Y decíamos asimismo que San José era preclaro patrón y ejemplo de este saber amar con amor paterno.

Pues bien, después de esto parece oportuno también hablar del «amor de hermanos». Con gran frecuencia se pone en la Liturgia para estimularnos a una cristiana unidad, el ejemplo del amor fraterno. Sí; ¡Amarnos como hermanos!

Alfredo Rubio de Castarlenas

Todos sabemos que el principal y nuevo mandamiento de Jesús para la nueva ley es que «nos amemos». Pero en cierta manera esto ya lo decían también los judíos de la vieja ley: «ama al prójimo como a ti mismo». Sin embargo, todos somos conscientes de que el mandamiento de Jesús ha de encerrar algo verdaderamente nuevo. ¿Qué es?

Pues sí; lo que hay de novedad en él es algo tan grande que constituye, podríamos decir, una auténtica revolución copérnica respecto a aquel mandamiento de los judíos.

Alfredo Rubio de Castarlenas

¡Qué difícil es encontrar unos padres que realmente se amen! Tantos motivos tiene la gente para casarse que no son amor; en tantas ocasiones, la sociedad y las familias de las que se proviene, buscan sus propios intereses y presionan e influyen sobre un joven matrimonio entorpeciendo su desarrollo; en la misma vida de los matrimonios, buscando (¿) que éstos perduren, se ha establecido dominio de alguno de ellos sobre el otro, con sus correspondientes desavenencias; se ha producido también la reacción, a veces exagerada, del feminismo; las exigencias del trabajo de cada uno limitan y dificultan la convivencia... ¡Qué pocas parejas habrá en el mundo que se amen en plenitud, con equilibrio, con libertad!

Gravitar en la realidadEs impresionante la cantidad de veces que tenemos que hacer auténticos equilibrios porque no tenemos bien asentada nuestra vida y sobre todo nuestro ser. Cuando basamos lo que somos, hemos hacerlo sobre unos buenos fundamentos, capaces de soportar situaciones y adversidades que experimentaremos a lo largo de nuestra vida. No sea que nos pase lo que Jesús dice en el evangelio: “Si construís la casa sobre la arena cualquier suceso un poco inesperado o imprevisto de la vida os hará tambalear y caerá a tierra todo lo que habéis construido con tanto tiempo y esfuerzo». Hay que construir sobre roca, que nuestro ser descanse sobre una base sólida, que no se tambalee ni nos haga vivir en un continuo equilibrio. No podemos olvidar que una de las características del ser humano es su fragilidad, por lo tanto es preciso construir bien si no queremos que las situaciones que nos toca vivir en el día a día nos desequilibren con excesiva facilidad. El mismo miedo a rompernos nos empuja a vivir más pendientes de nosotros mismos que de las cosas y de las personas que viven en nuestro entorno. Este miedo nos hace perder la capacidad de escuchar, de mirar, de abrirnos a los otros y al mundo; en definitiva, de vivir esta vida con plenitud.

Hoy en día es más necesario que nunca darnos tiempo para mirarnos, para conocer quiénes somos, para saber dónde hemos instalado y asentado realmente nuestra vida. Y atención: cuando vemos nuestro entorno y lo que nos rodea, descubrimos muchas cosas: la habitación que nos resguarda, a nosotros mismos, el paisaje, podremos ir describiendo todo lo que hay alrededor. Todo, menos lo que no vemos, por ejemplo lo que hay debajo de nuestros pies, de nuestro trasero, que es justamente donde estamos apoyados en aquel momento. Los seres humanos hacemos muchísimas cosas: vivimos, trabajamos, reímos, lloramos, sufrimos, nos alimentamos, nos queremos, reflexionamos, pero casi nunca recordamos contemplar esta base donde descansa y se apoya nuestra vida: el hecho de existir.

Por eso muchos requieren cada vez más acciones que les disparen la adrenalina, y sin ellas les faltan motivos para vivir sensaciones, emociones que hagan atractivo a lo que están viviendo. Pero la vida, nos guste o no, es bastante cotidiana, tiene pocas cosas que salgan de una mal llamada normalidad, por eso, a menudo, nada de lo que nos sucede nos llama especialmente la atención. Y simplemente vamos pasando, o como dice mucha gente, “voy sobreviviendo”. Nos hemos acostumbrado a vivir, al hecho de existir, y eso nos ha quitado capacidad de sorpresa. En cambio, darnos cuenta de ese extraordinario hecho, que existimos, ¡con tantas posibilidades en contra!, nos hará recuperar la capacidad de admirarnos, de sorprendernos de las cosas. Dejaremos de necesitar que pasen cosas fuera de lo corriente para sorprendernos. Es urgente recuperar la capacidad de admirarse por la vida en sí, y admirar el simple hecho de estar vivos. Esta admiración nos hará percibir y valorar muchas cosas que ahora no somos capaces de apreciar ni paladear, porque pasamos por encima de ellas como si estuviéramos dormidos, sin ánimo de mirar lo que da soporte a nuestro ser y nuestra vida. Y cuando nos falla la base de la vida buscamos las soluciones en la periferia, en el exterior, en los otros,  sin ver lo extraordinario que en la mayoría de los casos está en nosotros mismos.

No perdamos el tiempo soñando, admirando ilusiones, fantasías, ideales de perfección que nos inventamos o creemos que son la base de todo, y que en definitiva no nos dejan construir la felicidad de nuestra vida, porque son causa de muchos desengaños y frustraciones. Hemos de tener más ciencia de lo que soy, de quien soy, de cómo soy (eso es consciencia: tener ciencia de uno mismo); y aceptando con alegría esta base existencial encontraremos un fundamento firme, una plataforma adecuada para convertir en realidad todas las posibilidades reales que hay en nuestro ser y utilizar para nuestro crecimiento todas las potencialidades que nos ofrecen los acontecimientos y las personas que nos rodean.

Jordi Cussó Porredón

Publicado en la Revista RE