Vísperas de subdiaconado

Esta noche, Señor, de pronto
la nada se abrazó a mi cuerpo.
Y me ahogaba, Señor...
¡Cómo pesa la nada!

Mañana tu Enviado

–báculo, mitra–
me llamará.
Y yo daré un paso hacia adelante
simbólico, viril,
decisivo,
solemne.


Esto será
poco después del alba.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No me turba, Señor,
la difícil promesa de obediencia;
ni que tenga que ser mi carne
ceniza en vez de llama,
ni que me llamen loco
mis amigos de antes.


No es esto, no, lo que sentí esta noche;
que esto desde el principio lo sabía.


Fue... otra cosa.
Algo más mío casi que yo mismo.


Fue un súbito gritar desde la nada
de los hijos que habría de tener
y que jamás serán.


Sus caras -que tenían mis facciones-
me acusaban de haberles olvidado
para siempre, dejándoles
hechos nada en el fondo de la nada,
sin poder conocerte y alcanzarte
y amarte por los siglos de los siglos.


Señor, yo sé que tengo
en mi cuerpo robusto
la divina potencia de traerlos
desde tan larga lejanía.
¡Y los he despreciado!
Y les volví la espalda.
Y anduve mucho.


Pero esta noche
–esta noche precisamente–
de pronto me acordé de ellos.
Y una lástima intacta
fue aventando alas negras por mi sangre.
Y musité sus nombres.


... Uno se llama Alfredo, como yo.
Su cabello rizado
se desvanecía
por entre las estrellas.
¡Qué bullicio en sus manos
al yo llevarle aquel perrazo rojo
que vi ayer tarde
en la juguetería de la esquina!


A otro le puse Federico;
como mi padre,
como mi abuelo...


Y una hijita de ojos vivarachos
se llama ya en la nada
como mi madre...


¡Los vi, Señor!;
palpé en la noche
sus cabezas llorosas,
atormentadas
por el ansia brutal
de ser.


Terrible enfermedad la de la nada.
Removían frenéticos sus manos
de sombra, queriendo palpar
sus cuerpos doloridos,
y no los encontraban.


Sus gargantas –que nunca conocieron
el milagro de un sorbo de agua fresca–
me gritaban febriles
con rojos alaridos,
porque nunca serían nada más
que nada.


Y ese caudal de gritos
crecía..., se sumaban los afluentes
de vez en vez más caudalosos
de las voces, lejanas, rotas,
de mis nietos y nietos de mis nietos.


Señor, ¿cómo oso yo
lanzarlos para siempre
en ese mar vacío y sin orillas
y sin peces para jugar?


Yo, minúsculo ser,
aniquilar como si fuera un dios
tantos y tantos
seres posibles
que sonreirían
y entonarían cánticos
de alabanzas a Ti,
su Creador, su Padre eterno,
que ya desde que eres Tú mismo
cultivas amoroso en tus entrañas
un Paraíso –flores, nubes, pájaros
...¡Tú!– para ellos.

No es el temor a mi futuro
el que hurga esta noche en el zarpazo
que me hizo la nada:
el deseo de un brazo musculoso,
solícito,
donde apoyar
el mío tembloroso cuando viejo,
o el ansia de una mano
–a mí infinitamente agradecida–
que seque con amor la baba
de mi boca impotente.


No es eso, no.


Esta angustia, Señor. Tú bien lo sabes,
es un puro temor de ser
robador de tu gloria;
causante
de que haya sobre la tierra
menos bocas que recen y te imploren.


Por mi culpa, Señor,
tu enorme Cielo
estará despoblado
de las caras gozosas
–resucitadas–
de mis hijos, que aunque no existan
ya tienen nombre.


¡Tu Cielo!... ¡Y yo los condeno
al infierno sin fuego de la nada!


En vez de darles madre y apellido,
cierro sus bocas
para que nunca puedan respirar
ni pueda florecer en ellas
el capullo de un balbuceo
ni la fruta madura
de una palabra llena de sentido.


La noche se me ha hecho
más despiadadamente grande.
Y más sombra. Y sin embargo,
veo mis manos pálidas
manchadas de una sangre aún incolora
y virgen de latidos y de heridas
¡y me siento asesino
de eternidades!
Señor, no creas que te engaño.
Mi inquieta desazón
no es la furia silvestre de mi carne,
otro tiempo rebelde y desabrida.
Ni es tan siquiera el lícito deseo
de marchar por el mundo con el alma
arropada por manos femeninas.


No es eso, no. Es otra cosa.
Algo más íntimo, más llaga.


La que hubiera podido ser
mi compañera, existe ya.
Y por el mundo alcanzará sin duda
su fecundidad y su gozo,
y hasta tu Cielo.


... Pero mis hijos
–¡que son tuyos, Señor!–
ellos jamás ni a Ti ni a mí
podrán llamarnos ¡padre!


Yo te pido que al menos para Ti
nazcan estos hijitos míos,
que aunque no me conocen, yo los amo.


... Yo no sé cómo puedas hacer esto.
¡Que nazcan de otros hombres,
de otras mujeres!
Que sean para ellos
la alegre nueva
de un hijo no esperado.


Yo renuncio, Señor,
–y al decirlo parece
se me tornan escarcha las palabras–
sentir el roce
en mis mejillas
de las manos abiertas
–sonrisas en el aire– de mis hijos.


Renuncio
al placer de mostrarles,
teniéndoles en mis rodillas,
las horas del reloj,
el juego de escondite de la luna,
que hay unas flores que se llaman rosas
y que todo eso
lo has hecho Tú.


Renuncio a ser el ángel de sus horas
y a ser también el caballo juguetón
que entre risas les lleva
jinetes
en sus espaldas.


Renuncio a todo... ¡pero no
a que no sean!


Tú, que das vida hasta a los muertos,
sácalos de ese no vivir
que es su vida en el vientre yermo, frío,
sin varón, de la nada.


Despiértalos, Señor,
a este mundo de estrellas
y de humildes cigarras estivales.


No me importa que nazcan
de madres protitutas
y de padres borrachos.
Así tendrán ser
y podrán conocerte y alabarte.


No me importa que nazcan idiotas.
Tú, que eres bueno,
con el Agua y la Muerte
les ceñirás la Gracia y sobrehumana
inteligencia.


Señor, no me importa ni dónde,
ni cuándo, ni de quién,
¡pero haz que mis hijos nazcan!


Y yo iré por el mundo predicándote
y bautizando
... y espiando al pasar
en todos los ojillos infantiles
un atisbo delatador
de tu Voz, Señor, que me diga
que ése es uno que habría de haber sido
hijo de mí.


Pero tengo amarga la boca.
Se me ha hecho nido
del pájaro sin alas
de la blasfemia,
que lo es, Señor, el que te pida absurdos.


Nunca esos hijos de los otros
serán mis hijos, carne de mi carne,
con un alma a la medida
de este vestido.


... De nuevo desde el fondo de la nada
he sentido encresparse
la furia del no ser
contra mí: dique
que le impido el ser gesto,
ser gozo, ser amor
y ser eternidad.


¡Señor,
en esa muda rosa de los vientos
de mi alma perpleja,
dime por dónde viene
el soplo de tu Espíritu,
que yo no sé por dónde ir!


Y tu Voz en la noche
ha sonado cercana.
Estabas junto a mí
y yo no lo sabía.


Tu palabra ha ahuyentado
la nada de la nada.
Mi alma en un instante quedó tersa
como aquel Tiberíades.


Un aire quieto, trascendente,
iluminado, rodeó
la barca sosegada de mi ser.


Parecía que un Ángel
pusiera en mis oídos
mis propios pensamientos:


Toda paternidad es tuya...
Tú solo sabes
¡oh Señor de las algas y las brisas!
lo que desde lo eterno
has querido extraer
del lagar sin racimos de la nada.
¿Y acaso voy a ser como otro Dios
para crear
lo que Tú no soñaste?


Yo reverencio con asombro
el misterio inaudito
de Cristo Virgen.


Alabo el que Tú hicieras
a la Virgen María
una vez sólo, Madre.


Y acato
¡gozosamente!
que a mí me hayas hecho final
de mi estirpe. Señal acaso
de que estaba madura.


Vano sería
que hiciera yo girar
con huracán de desesperos
las aspas del molino
sin trigo de la nada.


Otro pan, otro vino dispusiste
para el banquete amplio de mi mesa.


Al engendrar al Verbo
–ya desde entonces–
quisiste para mí
una paternidad como la tuya;
solitaria, inmensa, alta.


Mi ruta –que trazaste inexorable
en el mapa de estrellas y de tiempos,
de mares y de almas–
es ésta:


Coger la gente
vulgar y cotidiana
que pasa por mi lado
contando sus monedas
para el leve billete del tranvía,
mascando chicle
y leyendo periódicos,
olvidados de Ti y de sí mismos,
siendo sólo vagas figuras
de tu esquema de hombre,
cogerles y decirles
que aún tienen que nacer de nuevo
para ser Hombres como Tú lo mandas.
¡Y que voy a ser yo quien les engendre
hombres completos!


Y si apenas quisieran escucharme
ocupados en recordar
el nombre exótico
de un artista de cine,
les prenderé por la solapa
hasta injertar, como un puñal,
tu Vida
más allá de su torso
sin sol y corrompido.
Y así después, cuando en sus dedos
se haya abierto del todo
la rosa de tu Gracia
y el corazón
les suene a esquila con rocío
y el mundo les parezca nuevo,
sonará en mis oídos frescamente
la anhelada y alegre cantinela
con que me llamarán:
«Padre... Padre... Padre...»
Señor,
yo te voy a poblar el Cielo
con estos hijos de mis manos
bautistas y perdonadoras
y dadoras de Pan.
Así tu enorme casa
estará llena de los hijos
de mis hijos y nietos de mis nietos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Señor,
líbrame de las huecas tentaciones
del desván de la nada;
vacías marionetas del demonio
en esta noche vesperal.
Mañana, al alba,
saldré para mi gozo
y tu gozo, Señor,
a dar sobre la alfombra
el solemne paso litúrgico
que pondrá en mí fecundidades
eternas, tuyas, altas.


Alfredo Rubio de Castarlenas

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