Sintonía de miradas

mirada

Josep Alegre, Profesor, Filólogo y Educador Socio-cultural

Como otras tardes mi paso se apresuraba al cruzar el parque. Una mezcla de prisa y emoción se apodera de mi cuerpo mientras camino sola, ensimismada en mis problemas. Aquí el mundo se hace concreto y es un microcosmos lleno de vida donde se saborea la propia existencia encarnada en la piel de otras personas… ¡No me la quiero a perder!

Soy Viky y es hora a levantar la mirada porque quiero participar de tanta riqueza. Me resisto a vivir aislada, agotada por las prisas, absorta en el materialismo, oculta tras la careta de la normalidad, esclava de mis propias necesidades…, y voy a mirar con atención a la vida que me rodea y sentir el perfume de cada flor y el sabor de cada comida y experimentar el punto de vista de los demás. Voy a apostar por lo que existe conmigo y junto a mí, por cada persona.

No me conformo con la mirada superficial, fija, aislada, unidireccional, interesada, sin alma… preocupada por mantener privilegios. Quiero abrir el objetivo en gran angular porque la vida es plural, con muchos rostros, dimensiones y matices. Me interesa encontrar el buen rumbo de navegación que perciben los que van en la buena dirección. En esta viaje todos caben porque es acogedor a pesar de las diferencias, porque sincroniza des de las singularidades, porque dignifica y completa a todos.

Sin darme cuenta y mientras pensaba en estas cosas he llegado a la plazoleta del parque: niños jugando, padres y gente mayor que cuidan de ellos… Por doquier florecen gestos de atención y preocupación como si todo se volcara hacia ellos. Son personas que hacen lo posible por reconocer, cultivar, desarrollar y perfeccionar el bienestar de los pequeños. Sus palabras son estimulantes, consoladoras, generadoras de fortaleza…, su mirada des del corazón sólo busca su bien y deja a parte las preocupaciones que seguramente tienen al contemplarlos.

Mirar des del corazón… ¡Quizá me he pasado! Será cierto que “lo esencial es invisible a los ojos del cuerpo y solo se ve con los del corazón”. Porque mirar des del corazón significa superar las capas superficiales para entrar en el mundo misterioso  de la persona y poder contemplar su esencia. Este viaje al interior del otro ayuda a descubrirse como parte de un mundo que compartimos. ¡Qué viaje más alucinante! Pensar estas cosas me hace sentir bien y necesito comunicar este fuego que se ha encendido en mi interior y conectar con la verdad de las personas. ¡Ahora lo veo claro, necesito esta gran mirada del corazón!

De manera inconsciente levanto la vista y me doy cuenta que junto al bullicio que me rodea hay personas ignoradas como incrustadas en el paisaje. Al focalizar mi atención observo en un rincón lleno de trastos a un señor de edad indefinida y de apariencia descuidada y andrajosa, sentado en el banco más destartalado mira al cielo ajeno a las preocupaciones y prisas del resto de los viandantes. Mi curiosidad se acrecienta y una fuerza interior me impulsa a acercarme hacia él… y no me resisto.

-Buenas tardes, le dije. Enseguida bajo la vista y me sentí acogida por la bondad de su mirada. Unas breves preguntas nos ayudaron a situarnos y conocernos. Se llama Colás y vive de lo que recoge por las calles. Ha sido fácil conectar con un corazón tan dado a los otros. Yo era tan importante en este momento como lo son sus compañeros de calle que viven como él. Le procupa su salud, su bienestar, su dignidad... Lo poco que tiene es de todos. Hemos de mirar la vida de manera positiva y construir en ella la felicidad, me decía. ¡De qué sirve acumular y ser esclavo de las cosas! ¡De qué sirve perder el tiempo en quejarse!

Colás me ha abierto los ojos: él ve la esencia y yo miro la superficie. Su sensibilidad, su radar interior percibe de manera automática las necesidades. Quizá yo tengo un trastorno por déficit de atención, pensé. Él seguro que no porque tiene una buena dosis de observación y una aguda y profunda sensibilidad. ¡Tantas tardes pasando por este sitio y no me había dado cuenta de su presencia! Esta claro que he de comenzar a ver y no ignorar para sentir cada perfume, para gustar cada sabor…, pensaba. Hoy me siento huésped en casa de Colás a pesar de que me creía la anfitriona. ¡Seré creída! ¡Este aroma de bondad que salta las aparentes fronteras me fascina!

Paralizada por la experiencia se amontonan ante mí muchas preguntas que comento con Colás. ¿Por qué los que creemos saber tanto somos tan ignorantes? ¿Por qué no propagamos esta manera tan auténtica de vivir? ¿Podemos actuar como Colás des de la retaguardia? ¿Hay personas que se comprometen ya? ¿Es posible una ética compartida por todos? ¿Es posible vivir haciendo el bien y no solo hablando de él? ¿Puedo hacer yo alguna cosa?

Los ojos de Colás sonreían esperanzados a medida que le planteaba mis dudas. Sus respuestas las conocía antes que mis preguntas: el hacía todo el bien y lo mejor que podía con la gente que se encontraba. Pero el fuego despertado en mí y las ganas de participar que tenía le abrían nuevas e ilusionantes perspectivas. ¡No lo dudó! Me acompañas, me dijo, quiero presentarte unos amigos.

A poca distancia llegamos a los bajos de un edificio. A medida que nos acercábamos se respiraba un aroma de vida diferente al resto de la calle. El trajín de gente multicolor, la alegría que se leía en los rostros, los saludos de acogida entre todos, aún siendo extraña te sentías a gusto  en este lugar… La sintonía entre todos era evidente. Colás estaba como en casa, todos le saludaban. Entramos en una sala donde en grupos realizaban actividades y directamente nos dirigimos a una mesa repleta de cosas y custodiada por una grupo de jóvenes. Pepo, ¿tienes un momento?, dijo Colás a uno de ellos. Voy, respondió. No hizo falta explicar a los demás lo que tenían que hacer mientras nos atendía. Enseguida se reorganizaron entre todos y eso me sorprendió.

Todavía admirada por la disponibilidad, la acogida y la capacidad de adaptación casi al unísono que había presenciado y tras unas palabras entre nosotros, Pepo se dirigió a mí y me dijo: en la mesa hay un sitio libre, ¿quieres ocuparlo? Titubeante pero segura de mi misma respondí que sí. Pues venga ya puedes comenzar, dijo, y me indicó el lugar en el que él estaba sentado cuando yo llegue. La acogida de todos fue inmediata: ¡ya formaba parte de este microcosmos! No me pidieron nada, mi presencia allí ya era suficiente.

Aquella tarde no volví a ver a Colás y Pepo, pero cuando participaba de la actividad del grupo ya más relajada pensaba en todo lo vivido. Me encontraba en un lugar desconocido para mí, pero como en casa. Me acompañaban un buen grupo de personas multiculturales a las que antes no conocía y con las que conectaba perfectamente. Compartíamos juntos, sin mirar las diferencies, un proyecto integrador y generador de vida. Pepo, Colás, Viky… y muchos más en sintonía de miradas. ¡Menuda gozada!

 

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