La aceptación personal de la historia

Alfredo Rubio de Castarlenas

Tenían fama los aztecas, de pueblo guerrero que hacía frecuentes razzias a los pueblos vecinos, para tener prisioneros que ofrecer en holocausto a sus dioses en lo alto de sus pirámides.

Se sabe de guerras cruentas, sostenidas por los incas hasta establecer con férrea mano la paz de un imperio.

Se sabe, con mayor documentación, claro está, las también sangrientas guerras de ibéricos e indígenas, y la fortaleza de un orden para una nueva paz.

Y se sabe de tantas revueltas y revoluciones, que por doquier pintaban de rojo sanguíneo al mapa Americano durante el pasado y presente siglo... y, sin embargo, frente a todo esto, a cualquier persona iberoamericana que tenga sentada delante, tomando una taza de café, le he de decir que ha de estar profundamente contenta.

Y contenta, precisamente, de todo esto. Dicho así, de pronto y sin más, parece una monstruosidad. Y no. Es la expresión más auténticamente cristiana.

Nunca como hoy, ha salido a flote –bendito concilio parteneuta– el valor de la persona humana y el valor substancial de la existencia concreta. A este huésped dialogante de la cordial sobremesa le he de repetir insistentemente esta fundamental pregunta: «Tú, mi buen amigo hispanoamericano, tú, concretamente tú, don fulano de tal, ¿estás contento de existir? Hace unos años, no muchos – ¿veinte? ¿cincuenta?– no existías. No eras nada.

No eras. Y ahora estás tomando café, hablando, pensando, sintiendo. ¿Sientes el gozo de ser?

Hay gente que hubiera preferido no haber nacido. Nacer para angustiarse y morir, no les vale la pena. Si tú fueras uno de éstos, cerraría el diálogo aquí para emprenderlo contigo solo –el que no desea vivir no se siente solidario– por otros derroteros otro día.

Pero supongo por cordial hipótesis, que tú eres de los que de ordinario están alegres de haber nacido, de ser, de ser una persona humana con su dulce carga de inteligencia y de libertad.

Entonces, ¿has pensado que la única posibilidad de existir en concreto, tú y no otro, es ser hijo de tus padres y, precisamente, en una conjunción determinada por todos los avatares de la historia; lejana y reciente antes de ti?

Si tu padre –que también por cordial hipótesis supongo lleno de virtudes– no hubiera tenido los defectos que seguro también tuvo en su vida, desde joven, habría sido diferente, no habría conocido a tu madre y por lo menos el cauce de sus relaciones habría sido distinto, habría habido otras fechas, nacido otros hijos, hermanos o hermanas mientras tú quedabas para siempre en la nada.

Si Cristo estuviera sentado en esta mesa (y lo está: «donde haya dos en mi nombre». .) sonreiría aprobatoriamente al oírnos Él. ¡Él! también se alegraba de tener, en su ascendencia humana, además de los padres virginales, inmaculados, mujeres pecadoras; quiso el Padre que descendiera hasta Él la promesa de David.

Sin los holocaustos de los aztecas o las invasiones de las tropas del portugués Álvarez Cabral, la historia del continente americano habría sido diferente. En este momento del tiempo cósmico, habría sobre estas humanidades del continente andino otros hombres, otras mujeres. Pero tú, mi buen amigo, no estarías aquí, en pie sobre la nada, siendo.

Ciertamente, para aquellos que guerrearon sus rudos combates y sufrieron heridas mortales, acaso eran un mal, pero para ti y para mí, fueron un bien. Fueron el dolor de parto de la historia, sin todo ello, tú y yo no estaríamos alrededor de esta mesa.

Por un lado, quedamos asombrados de cuánto trabajo y dolor ha ocurrido a lo largo de millones de años, para que concretamente tú, concretamente yo, estemos en vilo en el ser.

Pero por otro exclamamos –ya que todo ese dolor es un despliegue del pecado original– un resumido «felix culpa», siguiendo a todos los teólogos. Feliz pecado genesíaco y feliz mal anterior a mí, que ha merecido tal redentor y ha posibilitado mi propia existencia.

Bendigo los defectos de mis padres, bendigo los dramas de la historia, sólo así yo existo.

Tengo una inmensa consideración para sus defectos y sus dolores, una inmensa reverencia y una amorosa gratitud por todo su sufrimiento.

No puedo estar resentido de que tuvieran tales o cuales deficiencias pues sin ellas yo no existiría. Aquellas limitaciones suyas son mi bien.

Quienes podrían estar resentidos serían los seres posibles que hubieran pasado a existir realmente en otras coyunturas más perfectas.

Ellos en su nada podrían ser los rebeldes, los odiantes, los vengativos del pasado que no les permitió llegar a ser. Pero ellos no son, no pueden sentir nada. Pero a mí que me ha tocado por amor de Dios la inmensa suerte, en lotería deslumbrante del ser, el premio gordo de ser persona humana, bendeciré siempre las mil y una, los mil y un giros alocados del bombo del mundo, si bien movido por las manos –ora iracundas, ora amorosas– de los hombres, también por las misteriosas – amorosas siempre– miradas de Dios.

Sólo así, con su gozosa aceptación del pasado que ha posibilitado mi ser, sin resentimientos, repito, con gratitud a su tanto dolor, podré construir con amor, con optimismo, con alegría, con fecundidad, un futuro más hermoso para mí mismo y para mis conciudadanos. En el tiempo para los que vengan, que ahora no son y que serán.

Si trato de construir el futuro sobre la negación del pasado, en vez de hijo de Dios –de este Dios que es el ser– me hago un semidiós saturniano que devorará los propios hijos que engendra, porque en mi corazón sólo late el odio.

Publicado en:
Revista Apostolado Sacerdotal.

 

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