La fe en los enemigos

Alfredo Rubio de Castarlenas

La fe, no cabe duda, es un constitutivo del amor. 

Amor es darse. ¿Y cómo podríamos darnos si no tenemos fe en quién nos entregamos?
Dios se nos ha dado en su Hijo hecho carne. Confía en nosotros. Y nos pide nos entreguemos también confiadamente a Él. Este mutuo amor de Creador a criatura es el supremo analogado de cualquier otro amor humano.

Si amor requiere previamente la fe, podrá predicarse de la fe lo mismo que se dice del amor. Todos recordamos lo que de una manera tan maravillosa y tajante afirma san Juan Evangelista: «Dices que amas a Dios que no ves y no amas al prójimo que ves? ¡hipócrita!». San Juan, siempre tan delicado y caritativo, no teme en este punto emplear tan dura palabra. Apliquemos la frase a ese constitutivo esencial del amor: ¿Dices que tienes fe en Dios que no ves y no tienes fe en el prójimo que ves?... ¡te engañas! Tanta fe tengo yo en el prójimo, tanto le puedo amar; y tanto cuanto amo al prójimo, amo a Dios. Luego, mi «confianza» en los demás es la medida de mi amor al Señor.

Si alguien objetara: sólo Dios es objeto de fe y por contra los hombres merecen de ordinario muy poca fe, habría que contestar que lo mismo ocurre con el amor: Que sólo Dios es digno de verdadero amor. Y sin embargo... iHe aquí el misterio!; la frase de san Juan no deja lugar a dudas.

Amar a los amigos, «esto lo hacen también los paganos». Hay que amar incluso a los enemigos. Fiarse de los amigos leales esto lo hace todo el mundo. Lo bravo, lo heroico, lo cristiano es fiarse hasta de los enemigos. Confiarse a ellos mansos y humildes como un cordero. Como hizo Cristo en el calvario. Confiando en los demás, así podré amarlos y sólo amándoles se puede transformar su odio en amor.

Cristo, a quien nadie pudo acusarle de mentira, dijo desde la Cruz: «perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen». Es decir, confiaba tanto en la bondad y rectitud de sus verdugos que creía que, si supieran lo que hacían, no lo harían.

¿Confío yo de este modo, en el prójimo?

La más grave objeción contra Dios de los ateos y muchos existencialistas, es: «Cómo puede ser infinitamente bueno un Dios que me mata?». Ciertamente es un misterio que incluso Cristo, como hombre, tampoco sabía. Él, que no ment ía, en la cruz clama —haciéndose Maestro de mi ignorancia—: «Padre, ¿por qué me has abandonado?». No se explicaba Él, por qué había de morir precisamente entonces. Sin embargo su fe es inmensa y añade a continuación: «En tus manos encomiendo mi Espíritu».

Sí; Jesús es Maestro de mi fe. Yo podré demostrar al mundo que tengo rendida fe y amor a ese Dios que me mata, si me confío amorosamente a los instrumentos —cosas, enfermedades, vejez, hombres... — que me van matando, ya sea de una vez ya sea uno a uno los minutos y las energías de mi vida.

Que esta Navidad, el Niño de Belén, con el don de su presencia nos aumente la fe en el Papa, en el Magisterio del Concilio, en nuestros Obispos, en nuestros amigos y enemigos, en la humanidad entera. Y esperanza. Sólo así sabremos que tenemos fe en Dios. En este Dios que en el pesebre navideño, aunque en imagen, empezamos a ver.


Publicado en:
Cataluña Cristiana, diciembre de 1988.

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