Europa, familia de naciones: fundamento de paz

Alfredo Rubio de Castarlenas

Europa es una geografía. Tiene zonas muy diversas. Fríos casi polares en el norte, climas subtropicales en el sur.

Es también una geografía humana. Indígenas, oleadas de invasores, cruces de unos y otros.

Y Europa es una historia que ha hecho emerger pueblos, naciones, estados. Han sido, a veces, creaciones fecundas, pero otras, han sido para quebrarla en pedazos, crear rivalidades por el ansia de hegemonía o por razones económicas.

Se ha tratado de zurcir los desgarrones, a través de los siglos con pactos y con matrimonios entre familias de jerarcas. El cristianismo que le era común también contribuía a que corriera una misma esperanza por la sangre de todos. Pero las guerras, cada vez más amplias, más profundas, más inauditas, rompían una y otra vez el mosaico multicolor y maravilloso de este continente lleno de cultura, de pensamiento y de arte.

Más de la mitad de los europeos que aún hoy vivimos en estos territorios, recordamos la guerra europea con repercusiones mundiales del año 1939 al 1945. La mayoría de los supervivientes amamos rotunda y definitivamente la paz. Deseamos que las nuevas generaciones se vean libres de nuestros pecados, errores y ambiciones, y puedan vivir y gustar de la alegría de la fiesta de la vida.

La Sociedad de las Naciones, que surgió con grandes esperanzas, después de la guerra del 14 fue bastante inútil a la postre. Pero, al menos, constituyó una profecía. La Organización de las Naciones Unidas, hoy por hoy, es una realidad. El Tratado de Roma es otro gran anhelo para el marco europeo. El Mercado Común ya es una realización, un caminar esforzado hacia la plenitud soñada.

¿Será todo ello más eficaz que aquellos frágiles acuerdos y aquellos a veces torturados desposorios dinásticos del pasado para hacer de las Naciones europeas una auténtica familia bien avenida?

Sólo sintiéndonos todos los europeos, con magnanimidad y generosidad, una gozosa familia, podremos vencer las rencillas y ser autores de paz bienhechora para los habitantes de esta hermosa y gran casa.

Pero ¿cómo podemos hacer que esto sea posible? Despojándonos de remordimientos y de resentimientos que, por otra parte, son absurdos. 

Nada de lo que ha acontecido en la historia tiene a los actuales europeos por
causantes. Ninguno de los presentes somos los que cometieron aquellas guerras dístales, crueles, pero tampoco realizamos lo que pudo haber de hechos gloriosos, benéficos o de progreso.

Ni remordimientos ni vanaglorias, por tanto. Tampoco resentimientos con los otros ciudadanos europeos presentes, que ninguna culpa tienen de todo aquello.

Además, si las cosas no hubieran sido como fueron, todo habría ido siendo distinto (los encuentros, los enamoramientos, etc.) Ahora sobre este suelo, habría otros europeos, pero ninguno de los que estamos hoy. Por lo tanto, todo el pasado –con sus luces y sombras– para nosotros es un gran bien, no en el plano ético, pero sí en un nivel existencial, pues ha permitido nuestro máximo tesoro: existir.

Luego, si ninguno tenemos que tener remordimientos y, además, todos hemos de aceptar con gozo el pasado que ha posibilitado nuestro ser; y libres, por tanto, de resentimientos, estamos en las mejores condiciones para poder ser amigos y colaborar solidarios para un presente y mañana mejores.

Así, vencidas estas barreras, podremos aprender a amarnos regiones, naciones, estados, unos a otros, y estaremos más proclives además para amar a las naciones primas hermanas extraeuropeas. Quienes ya no se ejerciten a diario
en el odio y en la lucha con los próximos, tendrán aún menos deseos de pelearse y destruirse con los lejanos.

Ojalá supiéramos hacer de Europa, no sólo un continente unido de mercaderes burgueses, sino una caballerosa plataforma para la paz cualitativamente nueva en todos los demás continentes.

Si bueno es, para empezar, buscar una necesaria economía coordinada (el Mercado Común), bueno será también seguir con un turismo masivo de todos en todas direcciones, que sirva para echar abajo tantos prejuicios, y contribuya a conocernos y querernos. Excelente será asimismo, que se desarrollen los organismos e instituciones de gobierno común.

¡Paz! para nosotros y para regalar a todos los demás; que alcancemos una Europa «hontanar de paz» para darla rebosante a todos los confines.


Publicado en:
Diario de Sabadell, noviembre de 1986.
El Dia, noviembre de 1986.
La Gaceta Regional, noviembre de 1986.
Diario de Ávila, diciembre de 1986.
La Montaña de San José, enero-febrero de 1987.
El Adelantado de Segovia, agosto de 1987.

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