El Realismo Existencial nació en América

Alfredo Rubio de Castarlenas

Como sabéis, «RE» es precisamente la sigla de Realismo Existencial. Esta Revista –se ha dicho varias veces en sus Editoriales y Artículos– es portavoz de esta «manera de ver las cosas, el mundo y a nosotros mismos». Y no desea ser ajena al humor (Berna, nuestra excelente dibujante, es un testimonio), pero sin caer en el arañazo de la ironía o del mordisco sarcástico que revelan una posición de menosprecio y orgullosa.

En Mayo del 68 –fecha cada vez más famosa– apareció en una revista barcelonesa un artículo en el que por primera vez se hablaba públicamente de esa nueva antropología que desde entonces tan fecunda ha sido en libros, congresos, encuentros, simposiums tanto en Europa como en diversos puntos de América.

Se publicó en la Barcelona de Europa sí, pero este pensamiento nació en ese otro larguísimo y entrañable continente atlántico.

En este número de RE que tanto sueña con la cabeza y el corazón en América, me place consignar algunos de aquellos párrafos, como acta notarial aquí y ahora, de ese nacimiento hace más de 20 años, con parto algo doloroso, cerca del Amazonas, al sol y al viento.

«Tenían fama los aztecas, de pueblo guerrero que hacía frecuentes razzias a los pueblos vecinos, para tener prisioneros que ofrecer en holocaustos a sus dioses en lo alto de sus pirámides.

Se sabe de guerras cruentas, sostenidas por los incas hasta establecer con férrea mano la paz de su imperio.

Y se sabe de tantas revueltas y revoluciones, que por doquier pintaban y pintan, de rojo sanguíneo al mapa Americano. Y sin embargo, frente a todo esto, a cualquier persona iberoamericana que tenga sentada delante, tomando una taza de café, le he de decir que ha de estar en cierto sentido contenta, de que haya ocurrido todo esto.

Dicho así, de pronto y sin más, parece una monstruosidad. Y no. Es expresión de rigurosa ontología.

Nunca como hoy, ha salido a flote el valor de la persona y el valor substancial de la existencia concreta. Por eso, a estos huéspedes dialogantes de la cordial sobremesa, les he de repetir insistentemente a cada uno esta fundamental pregunta: “Tú, mi buen amigo hispanoamericano, tú, concretamente tú, ¿estás  contento de existir? Hace unos años, no muchos –¿veinte? ¿treinta?– no existías. No eras nada. Sencillamente no eras. Y ahora, en cambio, estás tomando café, hablando, pensando, sintiendo. ¿Percibes tu gozo de ser?”.

Hay alguna gente que hubiera preferido no haber nacido. Nacer para angustiarse y morir, dicen, no les vale la pena. Si tú fueras uno de estos, cerraría el diálogo aquí para emprenderlo quizá contigo a solas, por otros derroteros, otro día.

Pero supongo por cordial hipótesis, que tú eres de los que de ordinario están alegres de ser, de ser una persona con su dulce y a veces asustante carga de inteligencia y de libertad.

Entonces, ¿has pensado que la única posibilidad de existir en concreto tú, es ser hijo de tus padres y, precisamente, por aquella conjunción sexual. Acto que llegó a ser posible y real por una convergencia de todos los avatares de la historia, lejana y reciente antes de ti?

Si tu padre –que también por cordial hipótesis supongo lleno de virtudes– no hubiera tenido los defectos que seguro también tuvo en su vida, su vida desde joven, habría sido diferente, habría ido por otros cauces de amistades, trabajos... quizá no habría conocido a tu madre y por lo menos sus relaciones habrían sido en otros instantes, en otras fechas, y habrían nacido otros hijos, o hijas, mientras tú te quedabas para siempre en la nada...

Sin los holocaustos de los aztecas o las invasiones de las tropas del portugués Álvarez Cabral, la historia de América, habría sido diferente. En este momento en que estamos, del tiempo cósmico, habría sobre estas tierras del subcontinente andino otros hombres, otras mujeres. Pero tú, mi buen amigo, no estarías aquí en pie sobre la nada, siendo.

Ciertamente, para aquellos que guerrearon rudos y quizás absurdos combates y sufrieron heridas mortales, aquella historia fue un mal pero para ti y para mí, fue un bien en el plano existencial. Todo fue la única posibilidad de nuestro estar siendo. Sin todo ello, tú y yo, vosotros, todos, nosotros, no estaríamos alrededor de esta mesa, ni encima del mundo.

Quedamos asombrados de cuánto trabajo y dolor ha ocurrido a lo largo de millones de años, desde el Big Bang hasta nuestro engendramiento para que concretamente nosotros, concretamente yo, estemos en vilo en el ser, para que se haya dado esta «carambola cósmica» de billones y billones de coincidencias para que se produjera nuestro engendramiento.

Bendigo los defectos de mis padres, miro con ternura los dramas de la historia. Gracias a ellos existo.

Tengo una inmensa consideración para los defectos de mis progenitores y sus dolores; una inmensa reverencia y una amorosa gratitud por todo su sufrimiento.

No puedo estar resentido de que tuvieran tales o cuales deficiencias pues sin ellas su vida habría sido distinta y yo no existiría. Aquellas limitaciones suyas son mi bien.

Quienes podrían estar resentidos serían los seres posibles que hubieran pasado a existir realmente, en otras coyunturas más perfectas.

Ellos en su nada podrían ser los rebeldes, los odiantes, los vengativos del pasado que no les permitió llegar a ser. Pero ellos no son, «no existen», no pueden sentir nada.

Con nuestro mirar sin odio el pasado, porque precisamente ha posibilitado nuestro ser, sin resentimiento, repito, y con gratitud a su tanto dolor, podré construir con amor, con optimismo, con alegría, con fecundidad, un futuro más hermoso para mí mismo y para mis conciudadanos y contemporáneos del ancho mundo. Y para los que vengan, que ahora no son y un día serán.»


Publicado en:
Revista RE, Nº 5, Junio de 1988.
Revista Apostolado Sacerdotal.

 

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