El milagro moral

Alfredo Rubio de Castarlenas

Querría, ya desde el comienzo de mi ponencia, puntualizar claramente que milagro moral es milagro «en sentido estricto». Como iré señalando e insistiendo, milagro moral es un hecho sensible extraordinario, que tiene una verificación histórica o al menos biográfica y, que trasciende las normas de conducta del ser dotado de inteligencia y de libertad. El hecho del milagro moral está por encima del poder de cualquier sujeto; sólo Dios –que bien puede servirse de las causas segundas– está en posesión del poder para realizar milagros, ya se trate de milagros físicos, ya morales. Tiene significado religioso, carácter de signo, al igual que el milagro físico.

El milagro moral ha sido considerado repetidas veces como algo de poca importancia en la jerarquía de los valores sobrenaturales; insisto: no sólo es milagro verdadero, sino que es el más importante de ellos puesto que se da siempre en el ser humano, y en su parte más digna, regida por la inteligencia y la libertad.

Ahí está la gloria –por así decirlo– y también la servidumbre del milagro que nos ocupa. La mayor intimidad del marco en que suele darse hace que éste sea menos constatable –en lo que a universalidad de su conocimiento respecta– pero sus efectos sí lo son. Su trascendencia queda patente cuando un hombre pone en remoción a toda una comunidad, cuando es toda una comunidad eclesial la que da testimonio de una realidad situada más allá de lo previsible respecto a la actitud y comportamiento naturales del hombre.

Milagro moral, suceso excepción 
La actitud de numerosos teólogos y filósofos cristianos, movidos por criterios apologéticos frente a una ciencia física impregnada de epistemología empirista, han postulado un determinismo tal vez algo exagerado en física y en biología; de este modo, el carácter de «trascendente a las leyes naturales» del evento milagroso quedaba patente. En cambio, en lo referente al comportamiento moral del hombre y en defensa de la real existencia del libre albedrío, se opusieron al determinismo férreo que quieren algunas escuelas conductistas y que anula la libertad humana.
Aquí encontramos la mayor dificultad; nosotros tenemos que defender la posibilidad del milagro, de que sea reconocible a pesar de que defendamos a ultranza la libertad: elemento que puede modificar de manera bastante inesperada y sorprendente lo que razonablemente puede esperarse del comportamiento humano.

Al menos en lo que respecta al milagro moral, no necesitamos del determinismo para reconocer la acción de Dios en un hecho verdaderamente milagroso.
No obstante, aunque defendamos totalmente la libertad, no hay que caer en el error de negar que el hombre se mueve dentro de unas estructuras psicológicas que muy bien pueden ser reconocidas como verdaderas leyes.
La voluntad no se mueve si no es para alcanzar un fin; si vemos que una persona ha movido su voluntad sin fin alguno, vemos que esta ley no se ha cumplido. Asimismo puede señalarse el hecho milagroso cuando una persona, instantáneamente, se muestra llena de sabiduría sin que haya mediado nada ni nadie, salvo Dios, que la haya «implicado» en ésta.
Muy bien puede ocurrir algo análogo con las ciencias físicas y naturales, en las que no veo necesario un determinismo a ultranza para señalar la condición de excepcional del milagro.


Es verdadero milagro 
El milagro moral cumple con las características que le son exigidas a un evento extraordinario para que sea considerado como milagroso. Es un hecho sensible, al menos por sus efectos, y constatable históricamente, o al menos biográficamente; que muestra su carácter preternatural o sobrenatural; que trasciende las leyes morales, sicológicas o sociológicas por las que se rige el individuo o el colectivo. Está más allá de lo previsible por motivos, influjos o circunstancias. Presenta el carácter de signo religioso –que tan bien supo perfilar el padre Díez Macho en su ponencia–; es causado por el amor del Dios que quiere que todos los hombres se salven.
El milagro moral es como un sacramento, cuya materia es un hecho «normalmente insólito» y cuya forma es el signo religioso, que muestra cómo incide Dios con su Gracia en el humano acontecer.
Son maravillosos sus frutos. Todo milagro físico viene en función de un ulterior milagro moral que mueva la voluntad a la conversión.

Certeza del milagro moral

En cuanto a su cognoscibilidad, presenta más dificultades que el milagro físico. Es, puede ser difícil de reconocer, salvo en el mismo marco en que tiene lugar y por lo reducido de él –a menudo personal–; los demás lo aceptarán por el testimonio del sujeto al que le acaeció el fenómeno milagroso de cuya certeza no duda.

San Ignacio de Loyola da tres posibles caminos para alcanzar la verdad. Uno, el más alto, en que se conoce, se sabe de un modo en que «ni se duda ni se puede dudar»; otra vía es la de las «consolaciones», en la que la persona conoce la verdad por mociones internas que hacen que el alma se complazca en ellas. Por fin hay un tercer camino en que la razón analiza los datos, sopesa pros y contras, toma su decisión la voluntad de manera recta muchas veces, también de modo falible otras. En la primera de las vías, encontramos un milagro moral que se da para gozo de la razón, que a menudo es luz para toda una vida, el segundo se nos da para gozo de la voluntad.

En el milagro físico necesitábamos certeza física; en el milagro moral basta la certeza moral –de todavía mayor poder de convicción. El milagro moral es algo que acaece con toda sencillez las más de las veces, de sentido común para los humildes, sean sabios o ignorantes, sean mayores o pequeños. Es algo «normalmente anormal» en donde el que la excepción sea absoluta o estadística no tiene demasiada importancia, que se reconoce por reglas religiosas, no científicas. Es la convergencia del hecho insólito –respecto al sentido común– con el
significado religioso, y se reconoce con el don de la fe y la ayuda sobrenatural de la gracia.

Ciertamente es menos perceptible por los sentidos corporales, pero si bien es menos sensible es más personal, está hecho por Dios a la medida del sujeto al que le acaece de ahí su fuerza probatoria por más que pueda ocurrir de manera imperceptible a los demás. Una persona puede resistir hasta el martirio gracias a un milagro moral de ningún sentido y fuerza de convicción para esos «demás».

La iglesia; signo y testimonio

Cuando reflexionamos acerca de la vida de la Iglesia, de su nacimiento, de su desarrollo; cuando contemplamos su humilde nacimiento, su rápida expansión, su doctrina admirable, su estabilidad secular; al ver su testimonio perenne de fe martirial, su tremenda fuerza de transformación moral, somos testigos del «motivo de credibilidad grande y perpetuo, y testimonio innegable de su divina legación», para decirlo con palabras de fe divina y católica del Vaticano I.
Vemos la abnegación, la cruz, levantándose sobre el egoísmo y la concupiscencia; la excepción a la conducta previsible, de manera perfectamente observable, en convergencia con el significado religioso. Bien podemos llamar a la Iglesia el mayor milagro moral que se ofrece a los ojos de los hombres como luz y estímulo del camino de la salvación.
Si esto es cierto para la Iglesia Universal, de todos y hasta el fin de los tiempos, también lo es para la Iglesia militante de nuestros días, en las particulares  y en las pequeñas células de Iglesia. En los pastores que rigen siendo sal de la tierra y en los fieles con su admirable «sensus fidei».

Vocación al milagro moral 
No podemos olvidar que Cristo nos dio la potestad y nos mandó hacer un milagro moral, el gran milagro moral. La serpiente dijo en el Paraíso a Adán y a Eva que comiendo de la fruta prohibida serían como dioses; Cristo nos hace hijos de Dios y, por tanto, como a tales, puede preceptuar el único mandamiento de la nueva ley: que nos amemos los unos a los otros como Él nos ama; no «como dioses», que esto es del demonio, sino «como Él nos ama», con el mismo amor de Dios del cual somos partícipes con la Gracia. Éste es el
milagro moral de mayor fuerza probatoria, el que convertirá al mundo. Los milagros son signos de credibilidad para ayudar a la razón a seguir las lecciones del Espíritu Santo, que da el don de la fe; pues bien, el mayor motivo de credibilidad de la misión sobrenatural que Cristo ha encomendado a su Esposa la Iglesia es éste: amar como Dios nos ama; no como mera filantropía sino con la auténtica caridad de Cristo. Éste es el milagro que tenemos obligación de hacer como cristianos; en el fondo, el «gran milagro» que es la Iglesia no es
otro que éste, para cuya realización tenemos verdadera potestad. Así el mundo creerá. Mostrarse la Iglesia a sí misma como comunidad de caridad es el signo por antonomasia de la verdad de Cristo.

Testimonios
En esta última parte, me gustaría hacerles partícipes de los resultados de una pequeña encuesta. Ésta ha sido realizada consultando a un centenar de personas aproximadamente; procuramos que entre los inquiridos hubieran personas de ambos sexos, de diversas edades, de distinta ilustración y de diferente fervor religioso. La pregunta vino a ser: ¿Ha notado alguna vez en su vida, de manera imposible de dudar –al menos en el momento en que le acaeció– la acción de Dios sobre usted con clara significación religiosa? En un porcentaje sorprendentemente elevado, la respuesta ha sido un sí categórico. Incluso los no practicantes afirman haber sentido una o varias veces dicha acción, que no olvidan y que sienten como una bomba de espoleta retardada cuyo estallido llegará tarde o temprano y les impulsará a la conversión. En la historia de sus vidas han tenido la patencia clarísima de que aquello que ocurrió, aquello que tan hondamente sintieron tenía su origen, su causa en Dios que les enviaba su mensaje personalísimo.

Las personas cuya vida espiritual arranca de uno de estos mensajes, pueden percibir con mayor o menor frecuencia otros signos admirables análogos; pero  a veces basta uno, solamente uno al que se permanece fiel, y con verdadero heroísmo en muchas ocasiones.

 

Mística y milagro moral

Toda la mística es milagro moral. Generalmente, el común de las personas desconocen los tratados de ascética y mística, y si a los fenómenos místicos están llamados todos o solamente acaecen a unos pocos escogidos. Por supuesto, son siempre gratuitos, en ellos no intervienen las obras buenas para merecerlos, pero, estoy convencido de que son frecuentes. ¡Cuánta gente se siente propietaria de una perla escondida en su interior, que ignora si a otros les ocurre algo parecido, que siente un pudor especialísimo de hablar de ella porque siente en el fondo el temor de que su tesoro sea tomado incluso a la risa! Mas a los que tal les ocurre saben distinguirlo perfectamente de una fábula o de los frutos de la imaginación.

En estos hechos, que en tantas personas se dan, se reúnen suficientemente las condiciones teológicas exigidas para considerarlos preternaturales, signo de la cercanía de la Gracia. Son milagros morales; es un diálogo, una cátedra amistosa de Dios de persona a persona, de amigo a amigo; puede carecer de significado para aquel que no está en el meollo de la «conversación», pero que de hecho, si se sabe ser fiel, orienta el rumbo de la vida del que lo experimenta.

Conclusión 
Con esto termino mi intervención en estas conversaciones con el testimonio de mi firme convicción acerca de la frecuencia y extensión del milagro moral; de su autenticidad como tal milagro, de su dignidad y de su enorme trascendencia para la economía de la salvación querida para todos los hombres por el amoroso corazón de Cristo.

***


Publicado en:
Apostolado Sacerdotal, en su número 226–227.

www.universitasalbertiana.org

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.