Campo luminoso

Alfredo Rubio de Castarlenas

Estoy en Roma. Por terceras personas, telefónicamente y con premura, me piden un artículo para el próximo número de esta pulcra, acariciadora y querida Revista «La Montaña de San José». Número en el que me dicen, van a empezar a hablar de una cercana Efemérides de la Fundadora; acontecimiento que no logro aclarar de qué se trata con esos invisibles mensajeros que me solicitan esta cooperación mía.

 

No tengo, por el momento, datos a mano. Por ello no me queda más remedio que exprimir mis recuerdos y el corazón. ¡Pero hermoso es siempre estrujar la memoria y sentimientos en todo lo que se refiere a la Madre Petra!. ¡A la Venerable Madre Petra!

En esta gran ciudad de los Papas, hoy, en estas ignorantes circunstancias, es como si únicamente nos encontráramos solos en medio de ella, la Madre Petra y yo.

Y todo lo que pienso de mi y de ella nos separa menos en una cosa en la que sintonizamos con gran fuerza. Ella era mujer. Yo hombre. Ella era del siglo pasado aunque alcanzó los albores de este. Yo también entrado el siglo XX. Ella murió. Yo aún estoy vivo; ¿por poco, bastante tiempo?

La Madre Petra fue Fundadora de una gran Congregación Religiosa que practica incansable toda suerte de buenas obras. Alfredo (yo) de una humilde Casa para promocionar Presbíteros que más que hacer el bien, hacen hacerlo.

Ella fue una joven llena de delicadeza, viva respuesta continua a la Vocación del Amado. Yo muy tosco y luchando durante tiempo con la llamada de Dios. ¡Menos mal que por poco que uno ceda o se descuide, el Señor acaba siempre venciendo! ¡La madre Petra es Santa, camino de los altares y yo, hoy por hoy, me veo muy pecador y lleno de defectos! ¡Ojalá un día, ese mismo Dios de la lucha, me abra misericordiosamente, y por intercesión de la Madre, alguna puertecilla en las mansiones de su Cielo! Aunque sea como pordiosero, es decir, como a uno que sin embargo pide «por Dios» abandonándose a Él, que nunca falla.

Les decía que a pesar de esas diferencias y muchas, inacabables otras más, había algo que me unía a la Madre Petra sintónicamente: mi devoción profunda, cordial y confiada al Santo Patriarca San José.

Y a San José me encomendé, para saber al fin el motivo de esa efemérides tan vagamente anunciada y así poderme yo también alegrar ¡y escribir en ella!

En medio del bosque –selva más bien– que son esas ciudades, hallé inesperadamente y providencialmente un claro de luz. Por fin supe de qué se trataba la buena noticia. ¡El hallazgo de los restos de la Madre Petra, al lado de un campo
de naranjos!

Desde 1936 en que las turbas quemaron el Santuario de San José de la Montaña de Barcelona, donde reposaban habían desaparecido y creíase lógicamente que habían sido pasto de las llamas.

Y hete aquí que no fue así. En un próximo número monográfico sobre el tema, que se está, me dicen proyectando, podrán leerse todas las vicisitudes ocurridas, verdaderamente imprevisibles y sorprendentes, que han llevado finalmente al descubrimiento de sus restos.

Parece una de esas historias áureas, medievales de Santos, que los rigurosos historiadores a veces se inclinan por prudencia, a considerar más como leyenda que como reales realidades.

¡La Madre Petra, 47 años bajo las nubes y lluvias, las tormentas y los soles! ¡Y precisamente en tierra valenciana, la que tanto amó y la que eligió para erigir la Casa Noviciado, donde se formarán sus hijas!
Cuentan de muchas imágenes halladas de la Virgen –escondidas siglos por miedo al saqueo de los sarracenos– que al transportarlas, en algún lugar del camino se hacían tan pesadas, que todos entendían que era allí, y no en otra parte, donde Santa María deseaba tener su nuevo Santuario, la de Montserrat también fue así.
Pues mirad por donde la Madre Petra en sus restos, parece se echó a andar desde Barcelona para ir a la tierra que quería fuera su reposo para siempre de sus huellas materiales.
Cuando dentro de unos siglos doctos científicos lean las Crónicas actuales sobre esta inhumación que con gran gozo se hace en Valencia en esta Fiesta de Pentecostés, también quizá arruguen el entrecejo y se inclinen por decir que todo ese hallazgo fue más una piadosa y poética leyenda sobre aquella «Santa» que vivió en los lejanos siglos XIX y XX de nuestra era.
Pero no es así. ¡Nosotros sabemos que es auténtica Historia verdadera! Aunque, eso sí, yo creo que en estos años los naranjos que la custodiaron, habrán recibido por sus raíces mayor dulzor... sus frutos, al caer la tarde, habrán tenido frente al sol, un mayor resplandor como de oro, como estrellas vespertinas en un cielo verdiazul, que anuncian la Resurrección.
Y encuentro ahora otra cosa que nos diferencia, mientras yo he estado esos años envuelto en humos de ciudades, forcejeos con duros aconteceres, oscuridades, fallos, perplejidades, la estela de este mundo de ella permanecía en la paz silenciosa y sonora a la vez de los campos; parcela afortunada de tierra,  iluminada por el vivo color de esos redondos frutos, y oliendo todo el aire como esa mujer santa, a azahar.


Publicado en:
La Montaña de San José, julio-agosto de 1984

 

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