El carácter de una universidad

Jaume Aymar Ragolta

2017 06 JUNY 01 redSe acaban de celebrar en la Barcelona, llamada también la Ciudad Condal, (6 y 7 de junio) las jornadas “Elias Rogent y Barcelona: arquitectura, patrimonio y restauración”. En ellas se han presentado 21 ponencias de expertos en arquitectura, arte y patrimonio en las que se han analizado diversos aspectos de las obras del arquitecto Elias Rogent Amat  (Barcelona, 1821-1897). Rogent estudió en la Escuela de Arquitectura de Madrid y, desde 1871, fue director de la Escuela Provincial de Arquitectura de Barcelona. Entre otras obras realizó el edificio histórico de la Universidad de Barcelona (1863-1882) y el Seminario Conciliar de esta ciudad. Llevó a término la restauración de los claustros de Sant Cugat del Vallés y de Montserrat, así como la reconstrucción del monasterio de Ripoll y su claustro. Dirigió también las obras de la Exposición Universal de 1888, un acontecimiento que proyectó Barcelona al mundo y que se realizó en un tiempo récord. Rogent fue maestro de Lluís Domenech y Montaner, el artífice del Hospital de San Pablo y del Palau de la Música, y era compañero de Antonio Gaudí, el arquitecto, entre otras obras, del Templo de la Sagrada Familia. Es considerado un patriarca de la arquitectura catalana.

Desde la perspectiva de la Universitas Albertiana queremos subrayar especialmente el significado de la construcción de una Universidad. Una de las conferencias de las jornadas se celebró en el mismo Paraninfo del “alma mater” de Barcelona y corrió a cargo de la doctora Mireia Freixa, quien dio especial relieve a lo que se conoce como el “carácter” de un edificio, un término que en contexto del eclecticismo de la Universidad tiene connotaciones simbólicas e incluso psicológicas. La arquitectura va más allá de la materia o de la ciencia y en aquel entonces se consideraba que una vivienda debía tener un carácter íntimo; un edificio religioso, solemne, y un edificio público, severo. En él, el ornamento se debía ajustar a la lógica de la construcción y en aquel entonces, el concepto de universidad entroncaba con el de la universidad medieval y renacentista, templo del saber, con claustros y torres, capilla, biblioteca, aula magna y paraninfo. Las aulas de ciencias y letras ocupaban sendas alas del edificio alrededor de sus respectivos claustros y todo el edificio se articulaba alrededor de un gran patio ajardinado.

Según Alfredo Rubio de Castarlenas (Barcelona, 1919-1996), impulsor de la Universitas Albertina, todo edificio es como el caparazón de la vida que en él se desenvuelve, y este envoltorio se modifica según el contenido. La Universitas no tiene como sede un determinado edificio histórico: su talante es interdisciplinario, transversal, superador de la excesiva especialización y atomización, propiciador de una síntesis de saberes. Sus aulas presenciales son itinerantes, y las virtuales, por definición, se expanden hasta los lugares más recónditos del planeta. No obstante, el mismo Rubio concibió edificios propicios para la reflexión, el diálogo y la docencia, siguiendo intuiciones profundas, muy elaboradas, con visión de futuro y en diálogo con arquitectos, con habitaciones para el estudio personal, salas de encuentro, terrazas e incluso claustro. El carácter que habría captado precisamente en el edificio histórico de la Universidad de Barcelona en los años que colaboró en ella como capellán, sin duda marcó su concepción de la Universitas, fuera por estímulo o fuera para diferenciarse de él. La dilatada trayectoria de la Universitas Albertiana puede propiciar nuevos proyectos y suscitar la creatividad de jóvenes profesionales de la arquitectura por todo el mundo.

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