Alfredo Rubio de Castarlenas

El sacerdote hispano habla sobre el realismo existencialista, doctrina que él creó y sobre la cual de conferencias en todo el mundo.

Sacerdote, doctor, profesor, filósofo, investigador, científico y ser persona muy agradable, son algunas de las ocupaciones que ha tenido en la vida el señor Alfredo Rubio.

Él vive en España, pero vino a América para dar una serie de conferencias en la Universidad de Santo Domingo. Estas pláticas son acerca del aniversario por el descubrimiento de América.

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Enterradme de pie.
Me dicen que habrá tanta gente
que faltará tierra a la tierra.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Volaba desde México hacia el Sur, hacia América Central, hacia Colombia, hacia Chile. Era antes de «Medellín» y de los sucesos de Allende. Años antes. Pero ya se tenía viva y se rezumaba la sensibilidad de ser hombre. Ya se percibía turgente y galopante, aunque lejana, la esperanza y la tempestad que presagiaban aquellos acontecimientos.

Allá dicen que los indios sabían auscultar los raíles del tren acabados de instalar para percibir, desde mucho antes, la llegada de un convoy para apresurarse –según las circunstancias– a asaltarlo o a huir.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

I. Todo el mundo conoce este concepto de hermanos de sangre, basado ciertamente en la realidad, en el hecho de ser hijos de un mismo padre y madre.

Muchos incluso, hurgando en los parentescos, descubren que son primos de primer, segundo o tercer grado.

Pero hay oro concepto -también real- más profundo y más amplio. Todos somos existentes. Somos hermanos en la existencia.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

1– Este ensayo de antropología filosófica desea ser fiel a su enunciado. Es decir, el esfuerzo de nuestra razón –y sólo nuestra razón– frente a ese ser que llamamos hombre o mujer. Al menos para tratar de percibir y ahondar, en lo posible, una parte de ese problema, la que nos parezca más importante o urgente. Intuimos que pretender abarcar todos los problemas que nos plantea esta realidad humana de modo exhaustivo es algo que supera nuestra razón que, por ser nuestra, es limitada como todo lo que me constituye.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Vi una escena harto escalofriante en una película. Del mundo sajón, por supuesto. Era una pandilla de motoristas encuerados (no desnudos, sino cubiertos de las negras pieles bien ceñidas de sus pantalones y chaquetones). Tenían un cierto aire de extraterrestres con sus grandes cascos encasquetados llenos de reflejos metálicos. Salían a correr, con sus motos, enfebrecidas carreras (¿será otra rara fiebre del sábado?) En una curva –a esas velocidades todas las curvas son peligrosas– uno de ellos perdió el control y saltó al vacío desde un alto acantilado. Los demás, de soslayo, vieron el «percance». Pero ni siquiera aminoraron la velocidad. Siguieron. ¿Para que iban a detenerse? Seguro que el estrellamiento contra las rocas del suelo, habría sido mortal. Y tenían prisa. Para llegar, aunque no fuera a ninguna parte concreta. Acaso sólo a cualquier sitio desde el que poder regresar. Y también cabría que se preguntaran: ¿por qué hay que volver? Y exactamente, ¿a dónde?

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Alfredo Rubio de Castarlenas

El tratado de Roma, la creación del Mercado Común, el Parlamento Europeo, como tres hitos del camino hacia una mayor integración política, son deseos, esperanzas y realizaciones progresivas de una nueva Europa, más justa, más solidaria, más pacifica y más feliz.

España se incorpora, con todas sus nacionalidades vivas, en el área de estas nuevas instituciones y, por ellas, a estos proyectos de una Europa renovada.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Tenían fama los aztecas, de pueblo guerrero que hacía frecuentes razzias a los pueblos vecinos, para tener prisioneros que ofrecer en holocausto a sus dioses en lo alto de sus pirámides.

Se sabe de guerras cruentas, sostenidas por los incas hasta establecer con férrea mano la paz de un imperio.

Se sabe, con mayor documentación, claro está, las también sangrientas guerras de ibéricos e indígenas, y la fortaleza de un orden para una nueva paz.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Hace algo más de un año de la magnífica acogida que el Secretario General de la ONU, Sr. Butros Butros Ghali, dio a la comisión promotora de a “Carta de la Paz, dirigida a la ONU”. Este año, por segunda vez, el pasado 25 de enero, ha vuelto a recibir a esta comisión, también en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Presentó al acto el Sr. Jordi Cussó, que en su discurso inicial agradeció el entrañable gesto del Secretario General de recibir las nuevas firmas y los trabajos realzados durante este segundo año. Después de exponer todo lo realizado durante el pasado año 1995, desde la recogida de nueva firmas, los testimonios de personas muy destacadas y la reacción de los nuevos Institutos para la Paz, presentó los proyectos del presente año. Manifestó el deseo de que “la Carta de la Paz despierte, en las personas que la conozcan, nuevas iniciativas en pro de la paz y que las evidencias que se anuncian, sean asumidas por personas y organismos como una seria contribución al camino de la paz”.

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Elisabet Juanola Soria

EDITORIAL--AGOSTred

Las formas de organización de los equipos de trabajo han ido cambiando con los momentos históricos, esto es muy evidente, por ejemplo, con respecto a lo que acontece en nuestros días en comunicación y en movilidad. Todos sabemos que hace cincuenta, incluso veinte años, era impensable andar con un dispositivo en el bolsillo que nos conectara literalmente con el planeta; así como era impensable el intercambio migratorio y cultural que la humanidad vive. Actualmente, es un hecho que, para una gran parte de la humanidad, olvidar, perder o estropeársele el teléfono móvil es un desastre. Vivimos estamos viviendo en el presente- un positivo cataclismo comunicacional que permite cotidianamente gran simultaneidad e instantaneidad con muchas personas. Nuestros aparatos móviles nos abastecen de todo tipo de información: si va a llover, a qué distancia estamos de nuestra cita y cómo llegar a ella, noticias a la carta, mensajería…  Todo ello hace también más evidente que nunca, que somos dependientes unos de otros. 

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