Alfredo Rubio de Castarlenas


Mucha gente en Barcelona, como en tantos otros sitios, se levanta a las siete de la mañana. En el otoñal noviembre, a esas horas aún es de noche. Poco después empieza ya a amanecer. Terminado un apresurado y mínimo «breakfast» se sale hacia los respectivos trabajos. Unos lo empiezan a las ocho, otros a las nueve... Les quedan cinco horas hasta la llamada pausa del mediodía. Parece mucho tiempo, pero si se trabaja con intensidad, interés y vocación, pasa aprisa y, a veces, muy deprisa.

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Camino llevando mi muerte a cuestas
como si fuera una maleta
o una medalla sobre el pecho
o un puñal muy dentro.

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Casi no tengo,
no tengo nada.
Sólo un poco de vida
que me atardece sin pausa.
Recuerdos: muchos,
muchos como en un arca
en el desván oscurecido
de mi mente agobiada.

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contemplarJavier Bustamante, Poeta

Los primeros días en que comenzamos a hacer un tipo de ejercicio nuevo, experimentamos en el cuerpo ciertas sensaciones o dolores. Descubrimos que hay músculos y nervios que no conocíamos, de los cuales no éramos conscientes hasta que los ejercitamos más de lo habitual. Y, sin embargo, siempre han estado ahí. Y siempre han hecho, más o menos, el mismo movimiento, sólo que en menor intensidad.

La novedad despierta la consciencia. Y la novedad no implica siempre, por ejemplo, hacer un nuevo camino. En ocasiones, la novedad reside en recorrer el mismo camino, pero con una intención diferente. Intenciones inéditas como una rutina de ejercicios, Pilates, yoga, danza, una competición, una larga caminata… hacen de mi cuerpo –ese de siempre– un escenario nuevo.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Ayer, un niño de nueve años estaba entusiasmado viendo por televisión, en directo, la final de un campeonato nacional de baloncesto. Supongo, por sus gestos y exclamaciones, que él era apasionado partidario de uno de los equipos. Estaba algo angustiado, pues jugaban ya la segunda parte e iban bastante igualados en el marcador.

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Cuántas y cuántas veces he pensado
en ti, mi buena muerte
cuántas y cuántas noches
he deseado
sentirte cerca
y poder abrazarte
y mirarte a los ojos
como a una antigua y bien querida amiga.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Muchos temen la muerte. Desearían no tener que morir. Sin embargo, viven normalmente. Trabajan y se casan. Tienen hijos. Me parece una contradicción. Sí temen y no quieren morir ¿cómo se atreven a engendrar un niño, que al darle la vida se la dan inevitablemente mortal? No creo que sea una secreta venganza, tan injusta por otra parte. «Ya que me engendraron a mí, yo engendro a otros para que pasen la misma angustia que yo» Esto, además, sería una contradicción del verdadero amor y ternura que los padres sienten por sus hijos. Más cierto debe ser lo contrario. Que, a pesar de tener que morir, uno ama la existencia y por eso, a pesar de todo, se desea ilusionadamente poderla transmitir a otros. En el fondo, puede decirse: ¡qué alegría morir!, eso quiere decir que existo, pues en este mundo sólo no mueren los que no existen.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Con ocho años de práctica como médico internista con especialidad en medicina preventiva, el padre Alfredo Rubio sintió el llamado del Señor y dejó todo por dedicarle su vida.

Poco tiempo después que «Dios lo agarrara de la oreja y lo condujera al sacerdocio», cómo él mismo cuenta, funda la Casa de Santiago, un lugar de vocaciones tardías.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

En las escuelas de todas las naciones se enseña matemáticas, ciencias naturales, etc., con objetividad y, aunque los sistemas pedagógicos puedan ser distintos, se procura que el contenido de estas disciplinas sea lo más científico posible.

La Historia es, por desgracia, una gran excepción. Esta rama del saber tiene, como es lógico y como ocurre en toda ciencia, su metodología propia pero esto no justifica que los contenidos pretendidamente objetivos difieran tan tremendamente en los libros de texto de unos países a otros. De los hechos aciagos, siempre tienen mayor culpa «los demás». En cambio, las glorias, las victorias, y hasta los inventos técnicos, nos hacen decantar hacia nuestros particulares antepasados. Siempre se encuentran buenas razones para las aparentes sinrazones de lo acaecido en nuestros pueblos o patrias, no importa cuánto tiempo haga de tales acontecimientos.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Redescubrir la vida, pero más profundamente. Y para ello las ciencias antropológicas se han dado cuenta de que deben trabajar interdisciplinarmente entre ellas y con las otras ciencias. Cada científico debe aprender los códigos de lenguaje que emplean los de otras ramas del saber, pues ¡cuántas veces las mismas palabras tienen significados diversos en una ciencia u otra!

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