Camino llevando mi muerte a cuestas
como si fuera una maleta
o una medalla sobre el pecho
o un puñal muy dentro.

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Casi no tengo,
no tengo nada.
Sólo un poco de vida
que me atardece sin pausa.
Recuerdos: muchos,
muchos como en un arca
en el desván oscurecido
de mi mente agobiada.

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contemplarJavier Bustamante, Poeta

Los primeros días en que comenzamos a hacer un tipo de ejercicio nuevo, experimentamos en el cuerpo ciertas sensaciones o dolores. Descubrimos que hay músculos y nervios que no conocíamos, de los cuales no éramos conscientes hasta que los ejercitamos más de lo habitual. Y, sin embargo, siempre han estado ahí. Y siempre han hecho, más o menos, el mismo movimiento, sólo que en menor intensidad.

La novedad despierta la consciencia. Y la novedad no implica siempre, por ejemplo, hacer un nuevo camino. En ocasiones, la novedad reside en recorrer el mismo camino, pero con una intención diferente. Intenciones inéditas como una rutina de ejercicios, Pilates, yoga, danza, una competición, una larga caminata… hacen de mi cuerpo –ese de siempre– un escenario nuevo.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Ayer, un niño de nueve años estaba entusiasmado viendo por televisión, en directo, la final de un campeonato nacional de baloncesto. Supongo, por sus gestos y exclamaciones, que él era apasionado partidario de uno de los equipos. Estaba algo angustiado, pues jugaban ya la segunda parte e iban bastante igualados en el marcador.

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Cuántas y cuántas veces he pensado
en ti, mi buena muerte
cuántas y cuántas noches
he deseado
sentirte cerca
y poder abrazarte
y mirarte a los ojos
como a una antigua y bien querida amiga.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Muchos temen la muerte. Desearían no tener que morir. Sin embargo, viven normalmente. Trabajan y se casan. Tienen hijos. Me parece una contradicción. Sí temen y no quieren morir ¿cómo se atreven a engendrar un niño, que al darle la vida se la dan inevitablemente mortal? No creo que sea una secreta venganza, tan injusta por otra parte. «Ya que me engendraron a mí, yo engendro a otros para que pasen la misma angustia que yo» Esto, además, sería una contradicción del verdadero amor y ternura que los padres sienten por sus hijos. Más cierto debe ser lo contrario. Que, a pesar de tener que morir, uno ama la existencia y por eso, a pesar de todo, se desea ilusionadamente poderla transmitir a otros. En el fondo, puede decirse: ¡qué alegría morir!, eso quiere decir que existo, pues en este mundo sólo no mueren los que no existen.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Con ocho años de práctica como médico internista con especialidad en medicina preventiva, el padre Alfredo Rubio sintió el llamado del Señor y dejó todo por dedicarle su vida.

Poco tiempo después que «Dios lo agarrara de la oreja y lo condujera al sacerdocio», cómo él mismo cuenta, funda la Casa de Santiago, un lugar de vocaciones tardías.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

En las escuelas de todas las naciones se enseña matemáticas, ciencias naturales, etc., con objetividad y, aunque los sistemas pedagógicos puedan ser distintos, se procura que el contenido de estas disciplinas sea lo más científico posible.

La Historia es, por desgracia, una gran excepción. Esta rama del saber tiene, como es lógico y como ocurre en toda ciencia, su metodología propia pero esto no justifica que los contenidos pretendidamente objetivos difieran tan tremendamente en los libros de texto de unos países a otros. De los hechos aciagos, siempre tienen mayor culpa «los demás». En cambio, las glorias, las victorias, y hasta los inventos técnicos, nos hacen decantar hacia nuestros particulares antepasados. Siempre se encuentran buenas razones para las aparentes sinrazones de lo acaecido en nuestros pueblos o patrias, no importa cuánto tiempo haga de tales acontecimientos.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Redescubrir la vida, pero más profundamente. Y para ello las ciencias antropológicas se han dado cuenta de que deben trabajar interdisciplinarmente entre ellas y con las otras ciencias. Cada científico debe aprender los códigos de lenguaje que emplean los de otras ramas del saber, pues ¡cuántas veces las mismas palabras tienen significados diversos en una ciencia u otra!

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7 16 hDignidad de la persona por el hecho de existir.

Los distintos aspectos que abarca la dimensión de lo social son muy amplios y complejos. El instrumento del realismo existencial posibilita, como si fuera un telescopio o una lupa, acercarse a cada una de estas situaciones fijándonos en un pequeño punto de mira para, al ampliarlo, poder ver con más detalle cada realidad, que por ser real “existente”, merece ser contemplada  detenidamente.

En muchas ocasiones hablamos genéricamente, personas negras-blancas, ricas-pobres… y en esas definiciones queremos englobar a todos los que por algún motivo tienen alguna característica que los  asemeja. Pero la realidad nos hace ver, incluso dentro de cada definición, qué diferentes  somos unos de otros.

En cambio si nos vamos a la raíz de todo ser humano, todos tenemos algo que nos iguala y es que hemos sido engendrados para que podamos llegar a existir, tenemos un igual inicio: un óvulo ha sido fecundado por un espermatozoide, ya sea a través de un acto de amor de nuestros padres, ya sea a través de una fecundación in vitro o seamos fruto de una violación. Todos tenemos un inicio que merece total respeto y dignidad, los cuales prevalecen en el ser, por el mero hecho de existir.

La dignidad humana es el derecho que tiene cada ser humano, de ser respetado y valorado como ser individual y social, con sus características y condiciones… como nos dirán algunas definiciones.

Ahí está el quid de la cuestión. En muchas ocasiones, lo que nuestras percepciones y posteriores definiciones muestran, esconden lo más fundamental, que es que por el hecho de existir toda persona es digna de ser respetada,  incluso como nos dice el realismo existencial, amada.

Cuanto más interiorizada tengamos esta evidencia y favorezcamos  actitudes que  posibiliten que toda persona se sienta reconocida en su total dignidad, ayudaremos a alcanzar una convivencia más saludable y armónica ya sea en el ámbito familiar, laboral o social.

En una ocasión viví una experiencia que me lo hizo ver con claridad. En una casa donde estaba pasando unos días, vi en un momento dado, que se estaba preparando con mucho esmero una mesa para ofrecer una comida a unas visitas. Todo era muy sencillo, pero cálido y lleno de delicada belleza. Llegaron los invitados, un matrimonio un poco mayor. Se les atendió con tanta atención y cariño que pensé eran alguien importante. Ellos respondieron con igual calidad humana. La conversación fue cálida y hasta divertida, pero sin estridencias. Con el tiempo me propusieron ir a visitar a esas personas a su casa, y cuál fue mi sorpresa: eran una pareja de indigentes. En esas personas había tal dignidad, que podían estar en cualquier estrato de la sociedad. Ellos merecieron todo mi respeto y los sigo recordando como un icono de la dignidad de toda persona humana.

Revista RE, Noviembre 2017
Por: Montserrat  Español Dotras   Foto: Esther Borrego

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