Ya tienes veinte años
Alberto.
Se tiene una vez
solamente a lo largo de la vida,
aunque se tienen
para siempre en el Cielo.

Publicado en Poesía

Alfredo Rubio de Castarlenas

Basta leer cualquier periódico, escuchar cualquier telediario, para saber que la situación del mundo sigue siendo altamente preocupante: la explosiva deuda externa de los países cada vez más pobres y desesperados, el hambre y la sed de ingentes multitudes. En México, gran país por otra parte, hoy tan desballestado, hay veintiocho millones de personas sin agua potable. Guerras que no acaban, y cruelísimas, que obligan incluso a los adolescentes a morir en las trincheras; revoluciones endémicas que no solucionan nada sino que empeoran todo. Un nuevo tipo de guerra se extiende por el mundo: el terrorismo. E inesperados atentados al orden público por doquier.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Muchas religiones hablan de la humildad como un camino a la perfección. Esto parece, de pronto, un contrasentido. ¿Lo ínfimo dará la plenitud?

Pero, aún reflexionando sólo con nuestra razón, acompañada de nuestro bien querer, llegamos a percibir que no está tan desviada esta manera de ver y de sentir, por mucho que creyéramos que nuestra perfección consistiría preferentemente, en la grandeza según el modo de apreciar de las gentes. Y cuanta más grande fuera nuestra grandeza, mejor.

Sin embargo, la humildad, nos dicen algunos entendidos, es la verdad. Si es así, el devenir humildes no sería nunca nada malo, ya que la verdad la deseamos todos, siempre. Bueno... casi siempre.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Difícil tema el de la «convivencia», eso que todos tanto deseamos y que tan mal llevamos a cabo. Son innumerables los problemas de comunicación que se dan en los pequeños grupos humanos. Y hasta resulta a veces duro convivir cada uno consigo mismo.

Si no somos capaces de coexistir felices unos con otros, en primer término es porque uno no acaba de aceptarse tal y como es. Vale la pena que insistamos en ello, ya que es la base de toda convivencia armoniosa. Me permito, pues, preguntar al posible lector o lectora de estas líneas. ¿De verdad estás conforme con ser quien eres? ¿O querrías ser otra persona más parecida a ésas que por algún motivo admiras o envidias?

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Nuestra razón, por ser nuestra, es limitada. Límites que son fruto de nuestra contingencia. No éramos, podíamos no haber sido y, aunque ahora seamos, de nosotros no fluye el seguir siendo. (Los cristianos que afirman el «alma», reconocen que ésta, si no fuera sostenida por Dios, se aniquilaría).

Es bueno que ejercitemos nuestra razón todo cuanto podamos para la investigación y la creatividad. Pero ella siempre topará con el misterio en las cosas, en los otros y en el fondo de uno mismo. Si ahora hay algo, siempre habrá habido «algo» pues la nada, nada es y nada hace. Pero nunca podremos comprender del todo ese algo y mucho menos explicar por qué existe algo en vez de nada.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Hace pocos días, invitado por unos amigos, estaba en un hotel maravilloso de uno de estos pueblecitos de montaña andorranos que, en invierno, son base desde donde ir a esquiar a las diversas pistas vecinas y ahora, en verano, son jolgorio, descanso, piscina y tenis.

La última noche asistí al reparto de trofeos de un campeonato de este deporte que se había organizado entre los huéspedes del hotel, muchos de los cuales se conocían de anteriores veranos. La copa principal se la llevó un joven catalán, y la de juniors un simpático treceañero francés. En los inevitables parlamentos de esa fiesta, entre pasteles y sangría, se recordó la frase del ex presidente de un club de tenis de Sabadell: «Viajando con una raqueta bajo el brazo, encontrarás siempre por todo el mundo, un amigo» Yo estaba encantado de ver, vivir, aquellos momentos de buenas relaciones y armonía entre los abundantes ibéricos y galos que compartían el hotel.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

En un reciente artículo en estas mismas páginas, hablábamos de que nos hemos de amar unos a otros como Dios Padre nos ama. Por tanto, ese mutuo amor que nos hemos de tener ha de estar impregnado de todos los matices de abnegación, lealtad y perseverancia que son características precisamente del amor de padre. Y decíamos asimismo que San José era preclaro patrón y ejemplo de este saber amar con amor paterno.

Pues bien, después de esto parece oportuno también hablar del «amor de hermanos». Con gran frecuencia se pone en la Liturgia para estimularnos a una cristiana unidad, el ejemplo del amor fraterno. Sí; ¡Amarnos como hermanos!

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Gravitar en la realidadEs impresionante la cantidad de veces que tenemos que hacer auténticos equilibrios porque no tenemos bien asentada nuestra vida y sobre todo nuestro ser. Cuando basamos lo que somos, hemos hacerlo sobre unos buenos fundamentos, capaces de soportar situaciones y adversidades que experimentaremos a lo largo de nuestra vida. No sea que nos pase lo que Jesús dice en el evangelio: “Si construís la casa sobre la arena cualquier suceso un poco inesperado o imprevisto de la vida os hará tambalear y caerá a tierra todo lo que habéis construido con tanto tiempo y esfuerzo». Hay que construir sobre roca, que nuestro ser descanse sobre una base sólida, que no se tambalee ni nos haga vivir en un continuo equilibrio. No podemos olvidar que una de las características del ser humano es su fragilidad, por lo tanto es preciso construir bien si no queremos que las situaciones que nos toca vivir en el día a día nos desequilibren con excesiva facilidad. El mismo miedo a rompernos nos empuja a vivir más pendientes de nosotros mismos que de las cosas y de las personas que viven en nuestro entorno. Este miedo nos hace perder la capacidad de escuchar, de mirar, de abrirnos a los otros y al mundo; en definitiva, de vivir esta vida con plenitud.

Hoy en día es más necesario que nunca darnos tiempo para mirarnos, para conocer quiénes somos, para saber dónde hemos instalado y asentado realmente nuestra vida. Y atención: cuando vemos nuestro entorno y lo que nos rodea, descubrimos muchas cosas: la habitación que nos resguarda, a nosotros mismos, el paisaje, podremos ir describiendo todo lo que hay alrededor. Todo, menos lo que no vemos, por ejemplo lo que hay debajo de nuestros pies, de nuestro trasero, que es justamente donde estamos apoyados en aquel momento. Los seres humanos hacemos muchísimas cosas: vivimos, trabajamos, reímos, lloramos, sufrimos, nos alimentamos, nos queremos, reflexionamos, pero casi nunca recordamos contemplar esta base donde descansa y se apoya nuestra vida: el hecho de existir.

Por eso muchos requieren cada vez más acciones que les disparen la adrenalina, y sin ellas les faltan motivos para vivir sensaciones, emociones que hagan atractivo a lo que están viviendo. Pero la vida, nos guste o no, es bastante cotidiana, tiene pocas cosas que salgan de una mal llamada normalidad, por eso, a menudo, nada de lo que nos sucede nos llama especialmente la atención. Y simplemente vamos pasando, o como dice mucha gente, “voy sobreviviendo”. Nos hemos acostumbrado a vivir, al hecho de existir, y eso nos ha quitado capacidad de sorpresa. En cambio, darnos cuenta de ese extraordinario hecho, que existimos, ¡con tantas posibilidades en contra!, nos hará recuperar la capacidad de admirarnos, de sorprendernos de las cosas. Dejaremos de necesitar que pasen cosas fuera de lo corriente para sorprendernos. Es urgente recuperar la capacidad de admirarse por la vida en sí, y admirar el simple hecho de estar vivos. Esta admiración nos hará percibir y valorar muchas cosas que ahora no somos capaces de apreciar ni paladear, porque pasamos por encima de ellas como si estuviéramos dormidos, sin ánimo de mirar lo que da soporte a nuestro ser y nuestra vida. Y cuando nos falla la base de la vida buscamos las soluciones en la periferia, en el exterior, en los otros,  sin ver lo extraordinario que en la mayoría de los casos está en nosotros mismos.

No perdamos el tiempo soñando, admirando ilusiones, fantasías, ideales de perfección que nos inventamos o creemos que son la base de todo, y que en definitiva no nos dejan construir la felicidad de nuestra vida, porque son causa de muchos desengaños y frustraciones. Hemos de tener más ciencia de lo que soy, de quien soy, de cómo soy (eso es consciencia: tener ciencia de uno mismo); y aceptando con alegría esta base existencial encontraremos un fundamento firme, una plataforma adecuada para convertir en realidad todas las posibilidades reales que hay en nuestro ser y utilizar para nuestro crecimiento todas las potencialidades que nos ofrecen los acontecimientos y las personas que nos rodean.

Jordi Cussó Porredón

Publicado en la Revista RE

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Tenía yo 6 años. Vivía en un ático con gran terraza, cerca del Paseo de Gracia de Barcelona, orientado al sol. Vivíamos con mi abuela materna, viuda.

A mi padre, algunos de sus clientes de provincias, le regaló –ya un mes antes de la Pascua– un cordero vivo, pero advirtiendo que lo engordáramos mejor para el momento de la fiesta. ¿Dónde ponerlo? ¿En una jaula? No. ¡En la terraza! Allí podía corretear y, sin embargo, no escapar.

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Alfredo Rubio de Castarlenas 

I. De la llegada de Cristóbal Colón a Barcelona, hará, el próximo abril, 500 años. Si para América fue importante el 12 de octubre de 1492, para Europa lo fue ese primaveral mes del año siguiente. 

De inmediato, en una imprenta de la calle del Call de Barcelona, se estampó la carta de Colón al banquero Santángel que recogía los datos del Descubrimiento y desde la Ciudad Condal, la noticia de este evento se difundió oficialmente a todas las Cancillerías de los gobiernos situados en lo que ya empezó a llamarse desde entonces «el Viejo Continente», como nos recordaba Juan Miguel Gonzá-lez Feria, Rector del Colegio Mayor de Salamanca.  

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