Elisabet Juanola Soria

EDITORIAL--AGOSTred

Las formas de organización de los equipos de trabajo han ido cambiando con los momentos históricos, esto es muy evidente, por ejemplo, con respecto a lo que acontece en nuestros días en comunicación y en movilidad. Todos sabemos que hace cincuenta, incluso veinte años, era impensable andar con un dispositivo en el bolsillo que nos conectara literalmente con el planeta; así como era impensable el intercambio migratorio y cultural que la humanidad vive. Actualmente, es un hecho que, para una gran parte de la humanidad, olvidar, perder o estropeársele el teléfono móvil es un desastre. Vivimos estamos viviendo en el presente- un positivo cataclismo comunicacional que permite cotidianamente gran simultaneidad e instantaneidad con muchas personas. Nuestros aparatos móviles nos abastecen de todo tipo de información: si va a llover, a qué distancia estamos de nuestra cita y cómo llegar a ella, noticias a la carta, mensajería…  Todo ello hace también más evidente que nunca, que somos dependientes unos de otros. 

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Cierro la puerta.
Me quedo solo.
Me envuelvo de silencio.
Cierro los ojos.
Y me tumbo en la alfombra
y a poco...

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Gracias por existir“Si la historia hubiera sido distinta…” Muchas veces nos decimos esto. Y completamos con frases como “otro gallo nos cantara”. El caso es que, como suele decirse, el “hubiera” no existe, sirve para imaginar otros escenarios posibles que nos regalarían presentes diferentes.

Existe el ahora, el somos lo que somos y como somos. Existe un solo presente.

La historia es siempre una recapitulación de hechos, a partir de unas fuentes, que se hace en presente. Siempre es una mirada hacia el pasado, pero con raíces en el ahora.

(Claro está que podemos estudiar cómo concebían su historia y su presente, personas del  pasado. Y esto sirve para contemplar que los seres humanos accedemos al pasado desde nuestro propio presente).

Una de las características de la arquitectura gótica son sus bóvedas. Son cuatripartitas y muchas de ellas concentran sus fuerzas en un elemento central llamado “clave de bóveda”. Es un elemento clave, como su nombre dice. Por su etimología, clave es una palabra emparentada con llave, claustro, clausura… palabras que aluden a lo que cierra. La clave de bóveda concentra o encierra la fuerza de la bóveda.

Pero las claves de bóveda también cumplen otra función. Muchas de ellas son trabajadas escultóricamente para dar mensajes. Ya sea un escudo, una escena o la imagen de un personaje con ciertos valores. Todos estos motivos también se convierten en claves o mensajes que encierran y a la vez abren la comprensión hacia otras lecturas.

Este paseo por el gótico nos sirve para contemplar que en el presente también hay claves que nos abren la comprensión del pasado. Dichas claves están ahí, colgando ante nuestros ojos. Encierran o concentran las fuerzas del devenir y en ellas se han ido esculpiendo, con el tiempo, las iconas o imágenes que condensan los acontecimientos sucedidos.

Hay que pasearse por el presente con ojos atónitos. Contemplar los acontecimientos, leerlos pausadamente. En ocasiones releerlos varias veces, como cuando nos enfrentamos a un autor nuevo y se nos escapan algunos de sus conceptos. Recurrir a diccionarios o voces expertas en la materia para entender el sentido de las cosas.

Se nos dice muchas veces que hay que entender el pasado, conocerlo, para comprender el presente. Propongo el ejercicio inverso. Leamos el presente, descubramos en él las claves que nos remonten al pasado. Como cuando vamos quitando capas de cebolla, lo hacemos de afuera hacia adentro. Al revés es imposible.

Mirémonos en el espejo, personalmente y colectivamente. Debajo de cada rasgo actual, hay uno anterior que lo ha hecho posible. A cada característica de nuestro presente le ha precedido otra concreta, sin la cual no existiría.

Somos seres concretos, fruto de un pasado también concreto sin el cual no existiríamos. Tener esta conciencia de progresión nos arraiga fuertemente al presente y nos hace aceptarlo tal como es, aceptando consecuentemente el pasado que lo ha hecho posible. Solo tenemos un presente: el que estamos viviendo. Y sobre él sí que podemos incidir. Esto es la base de la libertad.

 Revista RE, Septiembre de 2017

Ámbito de Historia

 

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Estos hechos me fueron referidos por una amiga radicada en otro país. Soy yo quien les da la forma narrativa, pero no me pertenecen. Sin embargo estoy convencido de que vale la pena compartirlos. Mi amiga me llamó para vernos después de un año de ausencia y me contó en primera persona lo que sigue.

Chico adolescentered

«Sólo ahora me siento capaz de dar forma a esta historia, después de seis meses de intensas conversaciones, silencios repentinos, decenas de alarmantes mensajes de móvil y más de una noche en blanco. En cierto modo tenía desde el principio un final feliz; pero su protagonista está en el laborioso proceso de descubrirlo, esquivando los muchos obstáculos que tiene para ello. Se trata de un joven de 16 años que hasta hace poco tiempo tenía lo que puede llamarse una vida normal. Vamos a llamarlo Arturo. Aficionado al cine, deportista ocasional, genio de las tecnologías, buen chico y muy amiguero. Tengo con sus papás una sincera amistad desde antes de que se casaran, y sé bien la terrible frustración que los asaltó cuando supieron que no podrían engendrar hijos. Decidieron recurrir a la procreación asistida, que falló varias veces hasta que “adoptaron” un embrión congelado perteneciente a una pareja que, al haber engendrado en el primer intento, no necesitaba el resto de sus embriones. El embarazo, para sorpresa del equipo médico, transcurrió más o menos normalmente. Arturo nació prematuro y con bajo peso, pero sano y pujante. Vivió. Y al crecer se fue granjeando el cariño de todos los amigos de la familia.

Cuando cumplió 16 años, siendo un jovencito despierto y más maduro que el resto de sus compañeros, sus padres pensaron que merecía conocer la verdad sobre su origen. Aquella noche, dijo su madre, es como si le hubieran dado un mazazo en la cabeza. Estaba aturdido y el impacto no le permitió reaccionar. Ellos lo miraban preocupados, sin saber si seguir hablando o callar. Durante varios días pareció volver a la normalidad, pero evitaba las conversaciones prolongadas, parecía más ausente y distraído que de costumbre. Una noche llegó a casa muy tarde, casi de madrugada, ebrio y sucio. Me llamaron y fui de inmediato.

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