Poesía

Ya tienes veinte años
Alberto.
Se tiene una vez
solamente a lo largo de la vida,
aunque se tienen
para siempre en el Cielo.

¿Te acuerdas
–amigo grande–
cuando de chicos íbamos al circo?
Había aquellos hombres
que montaban sobre una sola rueda;
recorrían frenéticos la pista,
parecía que iban a caerse
¡y no caían!

Buen Jesús, treinta y tres años viviste
en el mundo ruin de los humanos
y a cambio de tus hechos sobrehumanos
las más viles injurias recibiste.

Me detuve un momento
paseando esta tarde
frente a la cristalera inmensa
de un escaparate.
Con letras muy serias, doradas:
“Antiquites” “Antigüedades”.

Tú siempre en el mar, en el mar.
Sólo los duros bloques
de piedra de los muelles
donde se acarician los barcos,
donde se asientan las gigantes grúas.

Por mí, Jesús, tomaste mi sudario;
de Criador, te hiciste criatura,
¡sacro torrente de infinita altura
que al chocar con la roca del Calvario

En el día de San Francisco


No quiero, no, permanecer de hinojos
que dijiste querías fuera amigo.
Igual que Juan, deseo estar contigo
mis ojos a la altura de tus ojos.

México, Nuevo Belén
este año para ti.
Nace aquí Jesús también.
Has venido de muy lejos,
de Oriente como otro Rey.

Tu reciedad de Castilla
-Chaves Camacho y Pedraza-
¡qué bien se combina
con la sonrisa y la luz
de tu Irma!

Camino llevando mi muerte a cuestas
como si fuera una maleta
o una medalla sobre el pecho
o un puñal muy dentro.