El reto de la educación en un mundo de máquinas

David Martínez García

04 MAIG 2019 red

La comunidad científica esta volcada en el proceso de aprendizaje de las máquinas, de cómo las máquinas pueden aprender automáticamente de sí mismas, lo que se conoce como el “machine learning”. Cuando hablamos de aprender, en este contexto, nos referimos a la capacidad de identificar patrones complejos en un mar de datos. En realidad, no es la máquina que realmente aprende, es un algoritmo que revisa los datos y es capaz de predecir comportamientos futuros.

Parece lógico estar ocupados en esta labor, pues en una sociedad en la que la reducción de costes y la eficiencia se han convertido en factores clave, disponer de máquinas u ordenadores que realicen ciertas funciones es crucial.

Pero cuáles son aquellos patrones de actividad en los que las máquinas son mejores que los humanos. Principalmente son tres: en aquellas acciones que son repetitivas, que suponen un trabajo especializado y que impliquen el manejo de datos. Cuando existen trabajos o acciones en las que coinciden estos tres factores, las máquinas indudablemente son mucho mejores y más eficientes que los humanos. Además, una vez dadas unas instrucciones, cumplen con las ordenes ciegamente y no solicitan ninguna remuneración.

Casualmente muchos de los trabajos que llevan a cabo una parte importante de los trabajadores de nuestra sociedad, cumplen con estos tres requisitos. Por consiguiente, no es descabellado pensar que esta nueva revolución industrial supondrá una sustitución de puesto de trabajos realizados por máquinas que harán la misma función, pero con una mayor precisión, eficacia, seguridad y a un menor coste. Se ha calculado que este efecto desbancará de su puesto de trabajo a unos 75 millones de personas. Cabe destacar que en la última crisis de 2008 se quedaron sin empleo unos 30 millones de trabajadores.

Sin embargo, no todo son malas noticias. Este cambio de paradigma traerá consigo, tal como ha ocurrido en otras revoluciones industriales, un incremento de puestos de trabajo que se calcula ocupará a unos 120 millones de personas. Puestos de trabajo que requerirán de unos conocimientos y habilidades distintas a las que poseen las máquinas. Y es en este punto donde es necesario hacer una reflexión sobre la educación.

Actualmente y aún cuando se han hecho importantes avances, el sistema educativo y sus parámetros de evaluación se basan en una proporción importante, en tres criterios: aprender datos de memoria, realizar ejercicios repetitivos, especializarse en una cosa y cumplir órdenes. Casualmente las cuatro cosas para las cuales están mejor preparadas las máquinas. En 2017, en las pruebas de acceso a una de las mejores universidades asiáticas, un robot ya obtuvo mejor puntuación que el 80% de los alumnos que se presentaron.

Es necesario hacer una reflexión en el mundo educativo, porque no tiene sentido en un futuro inmediato seguir entrenando a los jóvenes para hacer tareas que pueden hacer mucho mejor las máquinas. Quizás deberemos entrenar a nuestros jóvenes en cómo aprender a convivir con máquinas inteligentes. Para ello, la educación debería centrarse en potenciar las características más humanas de las personas, aquellas que son difícilmente replicables en las máquinas. La curiosidad, el espíritu crítico, la creatividad y la capacidad de improvisar. Las máquinas son capaces de analizar millones de datos y ofrecer respuestas a problemas planteados, pero ¿quién plantea las preguntas y define los problemas?

Está científicamente demostrado que la acción de pensar cansa, consume mucha energía de nuestro cuerpo, por eso hemos de dejar a las máquinas gran parte de esa tarea y centrarnos en lo que es específico del ser humano.

Cada uno de nosotros tiene un talento, la función principal de la educación es descubrir ese talento y potenciarlo al máximo. Este talento podrá ser multiplicado por las capacidades que nos ofrecen las máquinas. Sin embargo, es fundamental aprovechar y potenciar el hecho que los seres humanos somos sensibles a aspectos más trascendentes como la belleza, la verdad, la bondad y la justicia. Valores que, complementados por la creatividad, el espíritu crítico y la curiosidad, nos han de servir para construir un planeta más humano y sostenible en un mundo repleto de máquinas.

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