Amistad hispano francesa desde Andorra

Alfredo Rubio de Castarlenas

Hace pocos días, invitado por unos amigos, estaba en un hotel maravilloso de uno de estos pueblecitos de montaña andorranos que, en invierno, son base desde donde ir a esquiar a las diversas pistas vecinas y ahora, en verano, son jolgorio, descanso, piscina y tenis.

La última noche asistí al reparto de trofeos de un campeonato de este deporte que se había organizado entre los huéspedes del hotel, muchos de los cuales se conocían de anteriores veranos. La copa principal se la llevó un joven catalán, y la de juniors un simpático treceañero francés. En los inevitables parlamentos de esa fiesta, entre pasteles y sangría, se recordó la frase del ex presidente de un club de tenis de Sabadell: «Viajando con una raqueta bajo el brazo, encontrarás siempre por todo el mundo, un amigo» Yo estaba encantado de ver, vivir, aquellos momentos de buenas relaciones y armonía entre los abundantes ibéricos y galos que compartían el hotel.

Nadie hablaba allí de camiones de fruta volcados en las «autorrutes» o coches incendiados en las cercanías de los Pirineos Occidentales...

Sí; ¿Por qué recelarnos? Hay una desorientada «memoria histórica» que nos pesa, ahoga y nos degrada. No tenemos ninguna culpa ni los franceses ni los españoles de hoy, de las tropelías que mutuamente se hicieron españoles y franceses a lo largo de siglos pasados. Ninguno de nosotros existíamos, en los tiempos en que Carlos V apresó al rey de Francia, ni cuando Napoleón invadió y expolió España.

Son hechos injustos, crueles, que desde luego no se deberían repetir nunca. Pero sin ellos, la historia subsiguiente habría sido distinta y por tanto diferente los encuentros de las personas a lo largo de estas centurias, sus enamoramientos, los frutos de esos amores...

Otros franceses y otros españoles serían los que vivirían en la actualidad sobre estos territorios, pero ninguno de nosotros habría nacido, ni nuestros padres, ni nuestros abuelos...

Los que concretamente existimos hoy nos hemos de alegrar, pues –tanto españoles como franceses–, de que todo aquello sucediera ya que sólo así se han dado las sucesivas condiciones para que nuestros padres existieran, se conocieran, se amaran en aquel preciso instante y naciera cada uno de nosotros. Luego, si por una parte gracias a que el pasado fue como fue, somos; es decir, tenemos el fundamental, sorprendente y maravilloso gozo de existir y, por otra parte, no tenemos ninguna culpa en los acontecimientos que aquellas gentes de antaño desencadenaron ¿por qué guardarnos unos y otros rencor, malevolencia y no ser, en cambio, buenos amigos –como los tensitas de esa noche– y colaborar juntos para un presente y un futuro mejor para todos?

Será bueno estudiar Historia ¡cómo no!, para ver los largos vericuetos que han posibilitado, precisamente, nuestras existencias, y conocer a la vez las injusticias y alevosías que no debemos repetir. Pero no hay que estudiarla para hacernos herederos de sus culpas, pues no existíamos nosotros ni ninguna responsabilidad tenemos de sobre lo que aconteció.

No nos dejemos esclavizar por la Historia ni ser manipulados a su servicio vengativo. ¿Vengarnos, de qué? ¡Si gracias a todo ello existimos! ¿Vengarnos, de quién? ¡Si los culpables ya no existen! No es el hombre para la historia sino ésta ha de estar al servicio nuestro para hacernos a todos más libres, solidarios, amigos y felices.

Al terminar esa velada en el hotel, todos nos dábamos simpáticamente las buenas noches: en socorrido francés los españoles y en gutural español los franceses. Ojalá todos mutuamente nos diéramos además, gozosos y amigablemente, ¡cada día!, los buenos días.

Publicado en:
Diario La Vanguardia, agosto de 1984

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